sábado, 26 de septiembre de 2026

HILARIO J. RODRÍGUEZ, EL ARTE DE VIAJAR SIN MOVERSE DEL SITIO: EL VIAJE COMO DESEO E IMAGINACIÓN


 

Siempre me gustaron los mapas. Incluso dibujé alguno en ocasiones inesperadas. Sus líneas rojas, las batimétricas azules del mar, o las verdes de los enclaves próximos a grandes montañas fueron parte de un reto y un deseo: llegar. Sin olvidar, por supuesto, los nombres que en ellos aparecían en letra romanilla o heráldica. Los mapas, entonces, eran lo más parecido a un juego. Un juego en el que volcar deseo e imaginación. Una sensación que he vuelto a experimentar mientras leía el nuevo ensayo viajero de Hilario J. Rodríguez, El arte de viajar sin moverse del sitio (Barlin Libros, 2026), a través del cual se propician las sensaciones que te invitan, cómo no, a catalogar el viaje como un universo que no conoce fronteras. Porque de eso va este portentoso libro, de crear un mundo que no tiene más límites que los de seguir descubriendo gentes, países, accidentes geográficos y, sobre todo, satisfacer las necesidades de la curiosidad que se impone a todas las restricciones físicas o materiales que se nos presentan a la hora de derribar las barreras de la realidad. Este viaje infinito es una singladura perversa por lo escandaloso que resulta explorar todo el planeta Tierra y, más allá, por la imaginación con la que Hilario afronta este relato de relatos que produce vértigo sólo de pensar la cantidad de lugares y anécdotas trascritas en las páginas de El arte de viajar… Y, si resulta majestuoso en su faceta geográfica, no lo es menos en sus referencias literarias, cinematográficas o vitales, porque uno creía que Paul Bowles era el gran prototipo del viajero universal, pero Hilario J. Rodríguez le da una vuelta al hemisferio del escritor norteamericano para convertir la experiencia de viajar en un cúmulo de puertas abiertas, donde la necesidad de llegar al lugar que uno desea sólo es la posibilidad de plantearse un nuevo reto. 

El arte de viajar sin moverse del sitio registra un sinfín de aventuras viajeras, aunque no se nos presenta sólo como un perfecto atlas con el que abordar la lectura de los mapas por los que transita, sino también, la opción de descubrir todo aquello que se refugia tras nuestros sueños, impregnados muchas veces de símbolos, líneas o rastros que en un principio no conocemos o no somos capaces de descifrar, pero que sin embargo, en latitudes distintas a las que los hallamos o soñamos recobran todo su sentido en un perfecto juego de alquimia traslacional que nos lleva a sentir, aunque tan sólo sea por un instante, que hemos llegado a conquistar una parte de nuestros anhelos. 

W. G. Sebald, Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, Reinhold Messner, Judith Schalansky o Michael de Certeau son sólo una parte de los compañeros de viaje a los que Hilario J. Rodríguez coge de la mano a la hora de dibujar los atlas memorísticos que nos permiten derribar el concepto del turismo, para con ello, adentrarnos en la verdadera esencia del viaje que no es otra que la de poner a prueba a nuestra imaginación. Y, con ella, volver a sentir el asombro que nos produce el descubrimiento de aquello que una vez soñamos, porque, sin duda, en cada lugar y en las palabras que estos nos sugieren, se halla el viaje como deseo e imaginación.  

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 24 de septiembre de 2026

PEDRO SIMÓN, LOS INCOMPRENDIDOS: LOS CAMINOS DEL SILENCIO


 

Hay rutas que no están marcadas en los mapas ni tampoco son objeto de estudio por los geógrafos. Hay rutas que se difuminan en el eco mudo de los pensamientos y de ahí se van a vivir al limbo de lo que nunca será pronunciado. Esos caminos del silencio son los que recorre en buena medida el escritor y periodista Pedro Simón en Los incomprendidos, donde se buscan una serie de porqués que, no existen y nunca existirán, porque pertenecen a la incertidumbre que gobierna nuestras vidas. Las voces que emplea para mostrárnoslo, Javier e Inés, padre e hija, no son víctimas de sí mismos sino más bien arquetipos de aquello que no nos atrevemos a expresar salvo cuando ya ha pasado la tormenta. En esta radiografía de miedos y silencios se propician los malentendidos y, sobre todo, la incomunicación —como una de las grandes plagas de la sociedad en la que vivimos—. Javier tratará de buscar sus propios asideros en el pasado, en el barrio de Carabanchel donde creció y en la familia. Recuerdos que hasta el final no encuentran la brújula que marca el sentido de la esperanza, porque esa es la única aptitud para salir de la barbarie de las muertes no anunciadas y, también, la senda que nos lleve más allá del presente. Esa, además, es una de las luchas presente en esta historia rodeada de maleficios, la de vislumbrar un futuro distinto, por contrario que sea al imaginado, ni mejor al que otros no se cansan de narrarnos, sino nuestro y sin otras pretensiones que las de no dejarnos atropellar por la realidad cuando esta nos enviste de frente. 

La narración de Los incomprendidos va ganando tanto en su estructura como en estilo literario a medida que nos adentramos en las vidas de Javier, Inés, Celia, Clara, Paco, Roberto…, como si Simón hubiese perdido el miedo a dejarse llevar por la única necesidad de contar una historia, pues cuando lo hace el lector es conducido por el sendero no sólo de las sensaciones y emociones que tan bien maneja en la parte final de la novela, sino en la creación de imágenes con las que contextualizar el entorno y a los personajes que ha creado. Efectos ilusorios si se quiere, pero que tejen mucho mejor el entramado y la temporalización de aquello que se nos cuenta. Efectos ilusorios que el escritor madrileño utiliza como crítica social hacia los grandes márgenes de materialidad que manejamos los seres humanos como son, por ejemplo, la trilogía: casa nueva, coche grande y colegio privado que nos distancian sin darnos cuenta de lo que en realidad importa: vivir más cerca de la autenticidad de los sentimientos y nos llevan a transitar por los caminos del silencio. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 22 de septiembre de 2026

CARMEN LAFFÓN, VARIACIONES: EXPRESIONES DE LO ÍNTIMO


 

Atravesar sus azules, sus ocres, sus rojos teñidos de la pasión incandescente del que ve más allá de lo que observa, porque como dijo ella: «Yo no busco, sino encuentro». Y en ese buscar y encontrar se ha topado con las múltiples expresiones de lo íntimo que protagonizan sus cuadros. Desde los pequeños y modestos armarios que sólo entreabren sus puertas sin dejarnos ver su interior en un perfecto juego entre el misterio y la curiosidad oscura, como gran metáfora de los días de la vida que vamos desentrañando poco a poco y, a cada movimiento, tratamos de proporcionarnos algo de luz, hasta esas terrazas solitarias que parecen buscar un sentido a su existencia; una particularidad que Carmen Laffón les proporciona explorando la sencillez de lo próximo; una cercanía que nos produce deslumbramiento por su capacidad de interiorizar la pintura mediante evanescentes pinceladas que se sumergen unas dentro de otras como paneles de seda que se tapan pero a la vez dejan pasar la luz. Porque la luz es uno de los protagonistas de sus creaciones: fija o tenue, y como expresión de esa última necesidad de situarse en el mundo. Universo que también fijó su mirada en la búsqueda de una abstracción que ella dejó de forma disimulada en sus múltiples versiones del Parque de Doñana y sus horizontes aterciopelados por la fantasía del explorador que va más allá de la simple mirada. Abstracciones que, por ejemplo, se inspiraron en Rotko y en la búsqueda de la evocación de las sensaciones a través del color y que alcanza su culmen en las series La cal y La sal en las que el blanco se superpone al blanco y su reflejo se apodera de la mirada de quien se detiene a contemplar los múltiples matices de algo en principio simple, pero en el fondo bello. La sencillez de lo bello es otra de las características de una pintora que se instala en la diatriba que evoca más pintura que representación. Más sentimiento que formulación de ideas inocuas por estériles. 

Como colofón final a esta estupenda exposición que nos deja una buena muestra de la carrera artística de Laffón y, quizá, en su expresión más majestuosa y también interesante, se exponen tres grandes trípticos en el hall principal del Museo Thyssen-Bornemisza en los que se pueden apreciar todo lo dicho y su maestría a la hora de crear paisajes o espacios capaces de crear atmósferas hipnóticas y perturbadoras como es por ejemplo su estudio de las viñas en carboncillo, pues no te dejan indiferente y te invitan a entrar en esas expresiones de lo íntimo que tan bien creó la pintora y escultora sevillana. 

Ángel Silvelo Gabriel.

VÍCTOR COLDEN, VENTICINCO DE HACE VEINTICINCO: MELODÍAS DE LOS DÍAS Y SUS NOCHES

 


La melancolía que envuelve a la nostalgia del pasado es una fuerza centrípeta que nos obliga a dar vueltas y vueltas sobre la incertidumbre que engendra a nuestras vidas. De esa forma nacen las melodías de los días y sus noches que, como los ecos infinitos de las canciones que una vez nos obsesionaron, nos susurran al oído aquello que fuimos y ya no volveremos a ser. Y nacen igual que cuando alguien intenta atrapar la luz, como si eso fuera posible con tan solo estirar el brazo y cerrar el puño sin darse cuenta que el paso del tiempo es un animal salvaje, a veces herido y otras inescrutable, porque su materia prima es la de los recuerdos que por mucho que los hagamos presentes nunca llegarán a ser fieles a lo que vivimos por esa intrínseca manía de nuestra memoria de ser selectiva y, sobre todo, caprichosa. Víctor Colden en este entrañable y magnífico librito titulado Veinticinco de hace veinticinco se atreve a confrontar aquel año de 1988 y sus consecuencias veinticinco años después. Y, de esa mirada hacia su pasado, surge una majestuosa narrativa del yo sin más límite que el de la propia pericia de narrar las melodías de sus días y sus noches de una forma muy literaria, porque como dice Julio Llamazares en El río del olvido: «La literatura de viajes no significa para mí más de lo que significan otras, esto es, una forma de indagar en mis ideas y un modo de contrastarlas con la realidad que vivo». Algo que el escritor madrileño lleva al terreno de sus experiencias vitales de una forma sencilla y a la vez contundente, por lo bien expuestos y narrados que están estos pequeños bocados de vida que él ha elegido para trazar un atlas vital donde cabe la literatura y su profundo conocimiento de la literatura clásica y, en particular, italiana, sin olvidarnos de los autores españoles del siglo XX que nombra, o sus menciones a Proust o Borges. Un rasgo metaliterario que ejerce de perfecto compañero de este viaje exterior e interior que es Veinticinco de hace veinticinco, en el que, además, la literatura se da la mano con la música de Los Secretos, Nacha Pop o Aztec Camera y su cantante-leyenda que ya es Roddy Frame. Músicas y músicos que son el perfecto aliado de la vida y su último anhelo: el amor, porque sin duda, de esa sinergia es desde la que se construyen las melodías de nuestros días y sus noches. 

Ángel Silvelo Gabriel.