Hay rutas que no están marcadas en los mapas ni tampoco son objeto de estudio por los geógrafos. Hay rutas que se difuminan en el eco mudo de los pensamientos y de ahí se van a vivir al limbo de lo que nunca será pronunciado. Esos caminos del silencio son los que recorre en buena medida el escritor y periodista Pedro Simón en Los incomprendidos, donde se buscan una serie de porqués que, no existen y nunca existirán, porque pertenecen a la incertidumbre que gobierna nuestras vidas. Las voces que emplea para mostrárnoslo, Javier e Inés, padre e hija, no son víctimas de sí mismos sino más bien arquetipos de aquello que no nos atrevemos a expresar salvo cuando ya ha pasado la tormenta. En esta radiografía de miedos y silencios se propician los malentendidos y, sobre todo, la incomunicación —como una de las grandes plagas de la sociedad en la que vivimos—. Javier tratará de buscar sus propios asideros en el pasado, en el barrio de Carabanchel donde creció y en la familia. Recuerdos que hasta el final no encuentran la brújula que marca el sentido de la esperanza, porque esa es la única aptitud para salir de la barbarie de las muertes no anunciadas y, también, la senda que nos lleve más allá del presente. Esa, además, es una de las luchas presente en esta historia rodeada de maleficios, la de vislumbrar un futuro distinto, por contrario que sea al imaginado, ni mejor al que otros no se cansan de narrarnos, sino nuestro y sin otras pretensiones que las de no dejarnos atropellar por la realidad cuando esta nos enviste de frente.
La narración de Los incomprendidos va ganando tanto en su estructura como en estilo literario a medida que nos adentramos en las vidas de Javier, Inés, Celia, Clara, Paco, Roberto…, como si Simón hubiese perdido el miedo a dejarse llevar por la única necesidad de contar una historia, pues cuando lo hace el lector es conducido por el sendero no sólo de las sensaciones y emociones que tan bien maneja en la parte final de la novela, sino en la creación de imágenes con las que contextualizar el entorno y a los personajes que ha creado. Efectos ilusorios si se quiere, pero que tejen mucho mejor el entramado y la temporalización de aquello que se nos cuenta. Efectos ilusorios que el escritor madrileño utiliza como crítica social hacia los grandes márgenes de materialidad que manejamos los seres humanos como son, por ejemplo, la trilogía: casa nueva, coche grande y colegio privado que nos distancian sin darnos cuenta de lo que en realidad importa: vivir más cerca de la autenticidad de los sentimientos y nos llevan a transitar por los caminos del silencio.
Ángel Silvelo Gabriel.

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