En Fragmentos tienen cabida la literatura, la música, el cine, el teatro, el arte y, de vez en cuando, se cuela algún microrrelato.
martes, 16 de mayo de 2017
domingo, 14 de mayo de 2017
NOSOTROS SÓLO QUERÍAMOS VOLAR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO
Aceptó el encargo de El Esclavo sin
conocerla, pero el azar quiso que la concibiera de una forma diferente a las
otras chicas a las que escribía cartas. Tuvo un presentimiento, pero lo dejó
estar. Al día siguiente, cuando llevaba en su poder la carta que Ricardo Arana
le había confiado, supo que no se la entregaría a Teresa, y en su lugar la
invitaría a ir al cine. La vida en el Leoncio Prado le había enseñado a
vivir el momento, y ya no imaginaba el amor al estilo de la “Pies Dorados”…
...Hoy han levantado el
castigo a El Esclavo, y le ha dicho, que irá a verla esa misma tarde. Él ignora
lo del cine y la carta fuera de encargo que le ha escrito. No pierde el tiempo
y emplea sus influencias para salir del colegio y verla antes de que lo haga su
amigo. Cuando llega a su lado, la coge la mano y víctima de sus dotes de poeta
le dice: nosotros sólo queríamos volar,
pero no sabíamos cómo batir nuestras alas. Entonces, una lágrima afloró en
su mejilla y antes de que ella se pusiera a llorar, le dijo que la quería.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel
jueves, 11 de mayo de 2017
ELENA MEDEL, UN DÍA NEGRO EN UNA CASA DE MENTIRA (1998-2014): REBUSCANDO EN LAS INHÓSPITAS PAREDES DEL ALMA
Allá
donde no crecen las pelusas, en los confines del infinito que atrapa a nuestra
imaginación y a nuestros sentimientos, en ese lugar que nadie conoce porque
nadie se atreve a asomarse a él, la voz poética de Medel va
rebuscando en las inhóspitas paredes del alma, de su alma, esos porqués para
los que nadie tiene respuesta. Hay muchas formas de viajar a lo largo de la
vida, y una de ella es creando poemas, prosa poética o haikus igual que trazos
sobre un cristal transparente que deja al descubierto las razones del alma y de
nuestra existencia. Esta recopilación de poemas y contrapoemas que abarca
el largo período de dieciséis años en la vida de Elena Medel, son
el espacio de la creación, pero también, de la redención y la culpa, y de la
expiación de ese letargo que nos adormece, y del éxtasis que nos obliga a
saltar los muros que encontramos a nuestro paso. Subir y tirarse. Caer y dar
mil vueltas. Pararse para volver a levantarse en la letanía de esa música que
nos produce la incomprensión de un mundo que nunca es como lo habíamos soñado. En
ese duro enfrentamiento entre lo vivido y los soñado es de donde parten los
días negros de la voz poética de la cordobesa. De ahí, que sea de ese punto de
inflexión, de donde nace la necesidad de búsqueda, de la interrogación que
nuestros ojos reclaman al otro, de la aventura que resulta de conquistar ese
otro espacio que al principio de nuestro viaje no sabíamos que existiera. Hay
mucha indagación en los poemas de Medel, pero también ternura y
muerte, y sobre todo, anhelo de certezas, de querer salir de ese mar de nubes
que nos confunde y nos hace dudar. La duda, esa gran compañera en la
exploración propia y ajena, se instala en los dedos que dibujan los versos de
esta poeta que no tiene miedo a tardar ocho años en dejar cerrado un poema,
quizá, porque los versos son como la propia vida, que necesitan sus etapas y el
íntimo momento de darles carpetazo. Carpetazo lírico y existencial, abominable
y mágico, cortante y único.
Elena
Medel se ha mostrado firme a la hora
de afrontar esta antología de su obra hasta el año 2014, pues, como ella misma
confiesa, sólo ha hecho pequeños cambios en algunos poemas, sobre todo, los del
inicio. Por ejemplo, en Mi primer bikini (1998-2001) los poemas
son como los sueños de una princesa-niña en los que la zozobra del amor, del
culto al cuerpo perfecto, o el miedo a ser una misma, transitan entre líneas,
como si la autora quisiera que jugásemos con anhelos más profundos; anhelos que
sólo se producen tras la puerta de su habitación, bajo la íntima oscuridad de
las sábanas de su cama. Versos que son como sueños húmedos de lluvia, azules de
cielo, inciertos como la última miga solitaria del plato. Poemas que en Piercing
son recuerdos que se tiran y estallan cual vasija que luego vierte todo su
contenido al suelo mientras que nosotros lo miramos todo desde arriba, a una
cierta distancia en el tiempo. Esa destrucción se transforma en autodestrucción
en Monokini donde la voz poética aborda la ruptura con la adolescencia,
con las tartas de cumpleaños, con Heidi y Espinete. Hay en estos versos una
necesidad de romperse el pecho para instalarse un corazón nuevo en el que
quepan nuevas emociones que, al principio, no sean como el rasguño de una
cuchilla de sacapuntas, y que apunten más allá de los póster de la habitación
donde reposan los recuerdos antiguos, como esa rebeldía auto impuesta ante la
vida, el amor y la desidia a olvidar lo ya vivido como naufragios sin tabla de
salvación: «Parece que mi Heidi también duerme/ Pero no,/ Ella es cruel como
las institutrices políglotas./ Heidi, mientras rezo, se masturba al oeste de mi
pecho.»
En Vacaciones
(2002-2004) asistimos al desgarro del primer intento de amor real, amor de
carne y hueso que va más allá de las malditas y traicioneras hojas de papel.
Tránsito entre el antes y el ahora, entre la primavera y el otoño, la
posibilidad y el sueño. En este caso, la voz poética indaga en la proximidad
del tacto, en la lejanía del hueco, en el azul de un cielo imaginario sin luna
ni estrellas. Versos premonitorios como éste que cierra este poemario
estacional: «Con las muñecas rotas/ te estoy diciendo adiós.» Algo que en Un
soplo en el corazón (2002-2004) se traduce en la fugacidad del deseo,
del amor, de un soplo en la nuca. Aquí, la temporalidad de los gestos, de la
primavera, de un poema o de la geografía de la traición que nos acecha se hacen
verbo y carne.
Las
encrucijadas del tiempo y la vida se dan cita en Tara
(2001-2006), donde la muerte de la abuela primero y de otros seres queridos
después, reflejan una voz poética más queda y silenciosa, que indaga en los
recuerdos y ausencias forzadas por el óbito de aquel a quien queríamos. Los
poemas tienen forma de número de la no suerte (en concreto siete) que,
como acróbatas del dolor devienen en poemas de la no vida. En este
avance hacia el otro lado del abismo se produce un punto de inflexión que huye
de los primeros miedos y rezos, de los funerales y las iglesias, de la niñez y
sus virginales cuadernos de dos rayas. Hay un camino lleno de piedras a las que
la poeta va dando patadas hasta dejarlo todo despejado. Después nada más que
nos quedan las nubes que no saben de nuestra rebeldía y transformación en alguien
que ya no se reconoce en lo de antes, y que ha calmado su furia pero no su
temperamento perverso a pesar de todo, sólo adormilado por la dosis suficiente
de serotonina que nos impide visualizar el abismo. Poemario, éste, más cercano
en muchas ocasiones a los poemas narrativos, que son como una vida y muchas,
pues hay muchas formas de vivir y revivir las ausencias, aunque ninguna de
ellas como la propia, pues ésta está impregnada de las líneas que nos trazamos
en las muñecas con nuestra propia escuadra y cartabón: «En esta tercera vida
escribo poemas, duermo en hoteles, me embarco en relaciones sin futuro. Una
persona normal, eso me dicen./ Mi corazón perverso se ha calmado.»
En La
caída del imperio romano (2003-2010) se encriptan los sentimientos, se
contraponen los anhelos y la percepción de la realidad, y se exponen los
grandes retos que nos presenta la vida, como el título de uno de los poemas de
este conjunto inédito: «el corredor de fondo pierde el aliento», pues la voz
poética necesita pararse para avanzar. Se avistan los obstáculos a lo lejos, y
esta vez hay una íntima necesidad de esquivarlos, aunque sea tan imposible como
eludir la lluvia para los naranjos. Disparos inmisericordes que nos perforan la
memoria. Isola delle femine (2011) nos sugiere el aliento con el
que se consumen las palabras, los gestos, las piel y los recuerdos. Aquí, el
énfasis está en las sensaciones del tacto y el gusto, que definen minúsculas
líneas en busca del silencio.
Como
ya definí en una reseña anterior, Chatterton (2014) es un
poemario que ha sido calificado como de "generacional", y es el fruto
de ocho años de trabajo, donde Elena Medel arranca espinas a la
realidad y las clava cual chinchetas en sus versos. Ahí, donde se juntan esos
pedacitos de realidad, gravitan la mirada de una JASP que nos inculca como
nadie las ínfulas de que lo imposible es posible, hasta incluso, de que las
mujeres que hay dentro de sí misma, y a las que éstas a su vez representan, son
las heroínas de una intrahistoria llamada Chatterton
que, a diferencia de la ópera en tres actos de la que toma el nombre y que
recoge libremente la vida del poeta maldito inglés Thomas Chatterton, no
necesita reivindicar únicamente la estética del fracaso para salir airosa de
ese encuentro. Elena Medel igual que si fuera un profesor que ha escrito un
manual de Geometría descriptiva en el que nos muestra la realidad
tridimensional en sólo dos dimensiones, nos descompone la realidad y contrapone
la luz al fracaso, la esperanza a la melancolía, y algunas certezas a la duda:
«Nadie se posa en el alféizar —son veintiocho años/ de espacio adolescente—,/
pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído/ en todos los poemas/ se
colara por el patio de luces y asomara/ por el alféizar de mis veintiocho
años,». En esa rendija de luz que se cuela por la poderosa superficie del
fracaso es donde nos quedamos. La melancolía de la pérdida se convierte así en
una fe que no conoce límites, porque la redención del fracaso siempre es un
pozo rico en hallazgos, igual que las heridas de nuestros errores nos recorren
el interior de nuestra piel.
El
resto del volumen lo compone unos poemas que la autora ha titulado como Poemas
de un libro en preparación (a los que no ha fechado), y otro conjunto
de poemas bajo el nombre de Poemas dispersos. En el primero de
ellos se hablar del amor, del amor futuro, quizá inesperado, adormecido en el
frío de la noche y la dureza del golpe en las miles de preguntas sin respuesta
que nos rodean cada día, a cada instante… Y en el segundo, se reclama el
desorden; el desorden que recorre nuestra piel, el desorden que rebusca las
inhóspitas paredes del alma.
Ángel Silvelo Gabriel.
martes, 9 de mayo de 2017
RAMÓN SURROCA, LENTA LUZ DE LA HABANA: EL PESO DE LA DIGNIDAD DEL DESENCANTO
Después de leer Lenta
luz de La Habana de Ramón
Surroca, cabe preguntarse cuánto
pesan el alma o la dignidad, sobre todo, si sobre ellas se proyectan
las sombras de los ideales de un régimen que comenzó siendo
liberador para terminar convirtiéndose en totalitario. «No hay nada
más veloz que la luz…, como los sueños que se resisten a morir»,
nos dice el autor al final del prólogo con el que se abre esta
novela, y en el que ya nos ubica en el lugar y en el tiempo sobre el
que transita esta historia que nos muestra el peso de la dignidad del
desencanto, algo tan inmaterial como el alma o la materia de la que
están fabricados los sueños, pues nadie más que uno mismo sabe de
su valor y su trascendencia. De ahí, que casi al inicio de esta
narración de “autoficción” uno de sus protagonistas nos diga:
«Nos hemos acostumbrado a no esperar ya absolutamente nada, a vivir
de los recuerdos». Y quizá, si Ramón
Surroca pone en boca de uno de
sus personajes tales palabras, sea porque una de las mayores
tragedias del ser humano sea esa, ya que los recuerdos forman parte
de la vida que se nos fue muriendo. En este caso, la búsqueda de la
verdad anclada en la esperanza se muestra, por sí sola, como una
bella manifestación de lo imposible, como imposibles son los sueños
del que desea la luna cuando es incapaz de alcanzarla, lo que nos
lleva a plantearnos que algo falla cuando el esfuerzo colectivo sólo
tiene un reflejo positivo en las condiciones de vida de unos pocos,
las de aquellos que solemos denominar como clase
dirigente, porque entonces, la
utopía de la libertad deja de ser un concepto inmaterial y deviene
en la manera de afrontar y esquivar el laberinto diario que esa mala
ejecución de los ideales lleva al desencanto a todos aquellos que un
día lucharon y creyeron en ellos. En esta novela el aislamiento
cubano no es sólo geográfico o político, sino que el acierto de
Ramón Surroca
está en mostrárnoslo como si fuera la búsqueda del hielo que el
coronel Aureliano Buendía
rememora frente al pelotón de fusilamiento en el famoso inicio de la
novela de Gabriel García Márquez,
Cien años de soledad,
pues en muchos de sus personajes hay una reivindicación explícita e
implícita de ese mundo que se fue y ya no existe, de esa realidad
que ahora está impuesta por un día a día ni querido ni soñado. El
realismo mágico del que en ocasiones beben los personajes de este
viaje a las entrañas de la utópica búsqueda de la libertad por
parte de los cubanos, es una muestra más del poder intrínseco que
tienen los sueños y su capacidad para desvirtuar la realidad. Nora,
Reynaldo, David, Óscar o Ana María,
encarnan como pocas veces se da en la literatura esa travesía a lo
largo del Ancho Mar de los Sargazos
que Jean Rhys
nos dibujó en la segunda mitad del siglo XX, para mostrarnos la
desigualdad de aquellos que se convierten en extraños dentro de su
propia tierra, en una especie de exilio que va más allá de uno
mismo y de la conquista de su propia libertad.
Ramón Surroca
en Lenta luz de La Habana
también nos plantea, entre otras muchas cosas, no sólo la necesidad
de la lucha por unos ideales, sino la importancia de la necesidad de
la esperanza. Un pueblo sin esperanza es un pueblo muerto, y es ahí,
donde el narrador de esta historia lucha contra sí mismo y su propio
abatimiento cuando comprueba de primera mano el estado real de los
cubanos que en su día apoyaron la “idealidad revolucionaria”. En
este sentido, hay un juego de espejos que emiten imágenes y reflejos
en varias direcciones, pues si los cubanos añoran la libertad con la
que se vive en Occidente, el narrador siente lo contrario cuando ve
el espíritu de lucha y sacrifico que tienen los cubanos a la hora de
seguir manteniendo vivo el valor de unos ideales que han naufragado
en su ejecución práctica con el paso de los años. Y de ahí
deviene el sentimiento de culpa del narrador por ser embajador
involuntario de un mundo anhelado por los demás. Sin embargo, hay
una última posibilidad para la esperanza, y esta no es otra que la
oportunidad del diálogo que nos presenta la opción de explorar los
conceptos de “idealidad revolucionaria” —que han llevado al
narrador y a Caterina a Cuba—, y el de la “rebelión” ante la
severa experiencia de la situación real de los cubanos. Y es en esa
confrontación biunívoca donde unos y otros ensalzan aquello que no
tienen.
No obstante, la novela es también un viaje
interior en el que su protagonista pone en cuestión su forma de ver
y entender la vida, sus ideas y sus ideales. Y de esa obsesión nace
este collage al que el narrador ha titulado como Lenta
luz de La Habana que, tal y como
él nos apunta, sus personajes «simbolizan la fe en valores que
nunca debería abandonar el ser humano». A lo que hay que añadir
que Ramón Surroca
lo hace desde el punto de vista del narrador omnisciente, intentado
mantener siempre ese punto de equilibrio entre lo vivido y lo
recordado, lo visto y lo sentido, lo deseado y lo negado, lo que le
proporciona a la historia un plus de autenticidad, pues en ningún
momento se nos trata de llevar manipular, sino que más bien todo lo
contrario, porque el autor se limita a mostrarnos aquello que él
vivió hace algo más de veintidós años, y de esa forma, que cada
lector extraiga sus propias conclusiones. En este sentido, cabría
apuntar que estamos ante una novela atmosférica, no sólo por esas
tormentas tropicales y lluvias torrenciales que acompañan el devenir
de los personajes en esos momentos del día donde parece que todo se
desvanece, sino que esta sensación también se produce cuando el
narrador aborda las abundantes y minuciosas descripciones del entorno
que visita, y cuando describe las impresiones que le sugieren cada
uno de los personajes, a las que en muchas ocasiones el autor remata
con una frase certera, por lo profundo de su mensaje; y brillante,
por los magníficos juegos de imágenes que consigue con sus
metáforas.
En definitiva, Lenta
luz de La Habana nos narra la
forma de vida de unos personajes que, entorno a una nueva forma de
asociacionismo a la que ellos denominan como “la cooperativa”,
nos muestra su lucha diaria por buscar y encontrar nuevas vías de
llevar a cabo la revolución en la que un día creyeron de una forma
digna, quizá, porque no les queda más remedio si quieren seguir
soportando el peso de la dignidad del desencanto.
Ángel Silvelo Gabriel.
lunes, 8 de mayo de 2017
ME LLAMO ÁNGELA Y TENGO UN CROMOSOMA MÁS
Este es un libro escrito en primera persona con la voz narrativa de una niña con Síndrome de Down que explica cómo es su vida de forma amena y sencilla, desde la perspectiva de alguien que vive con esta característica. No pretende ser un libro informativo o manual, sino un acercamiento amable y cariñoso para los niños de primaria que desconocen el tema. Y también para los adultos.
Todos los ingresos de la venta de este libro irán destinados íntegramente en beneficio de los niños con Síndrome de Down y su inclusión en la sociedad. http://www.down-town.org.mx
¿Qué te pedimos?
1) Si es posible y te animas, a comprarlo: https://www.amazon.es/dp/B06XWZZ9Q9 , eso nos ayudaría mucho para posicionarlo en Amazon.
2) Que reenvíes este correo a tus contactos, para difundirlo.
3) Que lo compartas en redes sociales: https://www.facebook.com/ramon.alcarazgarcia
Si no lo puedes o no quieres comprarlo y te interesa, te lo puedo enviar en formato pdf. Solo está editado en digital. SI conoces alguna fundación de este tipo, puedes decirles que se pongan en contacto conmigo, para cederles el libro gratuitamente.
Se trata de una iniciativa para concienciar de que ser Down no es una enfermedad, y eliminar o minimizar los prejuicios que se tienen sobre las personas con este síndrome.
Ramón Alcaraz
domingo, 7 de mayo de 2017
UN EQUILIBRIO PERFECTO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO
Siento miedo y vértigo a la vez. ¿Esta
será la definitiva? El hecho de ser el vástago preferido de mis padres no
implica que disponga de más oportunidades que el resto de mis hermanos. El otro
día hicieron referencia a ello, pero utilizaron un símil con una brújula a la
que se le había perdido el norte. Ahora sé que no puedo perder más el tiempo y,
sin previo aviso, las palabras se atropellan en mi cabeza. Ellas, como yo,
necesitan salir victoriosas de este reto. Intento ordenarlas: juez, jurídico,
jurisdicción, justicia, juzgado. Esta vez me ha salido bien. Ya veremos mañana,
cuando hasta el peso de la toga sea simulado, como mis presuntos conocimientos
del mundo del Derecho. Si suspendo, el recuerdo del naufragio del velero de mis
padres el verano pasado sólo habrá sido una anécdota en mi vida. Pienso en la
palabra naufragio, mientras a través de la ventana veo cómo un carámbano pegado
al alfeizar guarda un perfecto equilibrio con el vacío. Desecho naufragio y
vacío. Me quedo con equilibrio, y con él, mi ánimo se vuelve más sosegado.
Tanto, que aún soy capaz de formular un deseo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel
LADY MACBETH, DE WILLIAM OLDROYD: EL ANSIA DE LIBERTAD ENGENDRADA POR EL DESEO
El
silencio que se sobrepone a la lujuria, el miedo que explora territorios donde
siempre reina la derrota, o el poder de concentración de las miradas perdidas
que expresan a la vez anhelo de venganza y determinación perversa a la hora de
buscar con ansia una libertad engendrada por el deseo tan poderosa en sí misma
que se nos muestra incapaz de ser aplastada, son, cada una de ellas, una buena
aproximación al universo fílmico que nos propone el hasta ahora director
teatral William Oldroyd a la hora de provocar a nuestros sentidos con
esta versión de la novela “Lady Macbeth de
Mtsennsk” del escritor ruso Nikolai
Leskov. Esa tiranía expresiva que tan bien interpreta una inconmensurable Florence
Pugh en el papel de Lady Macbeth,
nos deposita en la zona más oscura de los sentimientos, a los que su director
dota de una generosa capacidad de intriga, misterio y desdén en el tortuoso
camino que ella recorre para llevar a cabo sus maquiavélicos planes. En este sentido,
la sencillez argumental se complementa a la perfección con los encuadres
realistas y de matiz pictóricos que decoran a esta tragedia sin más límites que
el de la propia imaginación de la protagonista. En ocasiones, parece que
estamos asistiendo a una obra de teatro si no fuera por el minucioso montaje
que el director nos proporciona a la hora de ir mostrándonos las diferentes cualidades
interpretativas de una Lady Macbeth
inmisericorde, pero terriblemente atractiva de cara al espectador, al que remueve
de su asiento en una magistral percepción de la venganza y el miedo que se
lleva a convertir en terror, tras haberle mostrado antes, sus grandes dosis de
sensualidad a la hora de concebir el miedo como el mejor arma para disfrutar
con plenitud del deseo que sólo busca las suficientes gotas de placer que
sacien el instinto sexual del animal que la protagonista lleva dentro.
Lady
Macbeth, a su vez, es también una
propuesta trasgresora que se replantea más allá de los sentimientos de su
actriz protagonista, pues de una forma más que arriesgada —quizá no tanto para
la sociedad actual— nos muestra la confrontación de este drama ubicado en 1865
en la sociedad rural inglesa con actores y actrices negros que desempeñan los
papeles conductores, y a la vez transgresores, de una historia que desenvuelve
muy bien en su afán de mostrarnos las cualidades de la venganza más allá del
cliché de la sociedad victoriana a la que nos tienen acostumbrados los
diferentes films británicos de época. Esa explosión cinematográfica tan reivindicativa
a la hora de rasgarnos nuestros particulares estereotipos, es sin embargo, más
academicista en cuanto a la puesta en escena, siempre sobria e iluminada con la
precisión de aquel que nos muestra el corazón de las tinieblas con una absoluta
devoción estética por el juego del contraluz y la elección de unos colores
intensos y demoledores como el espíritu libérrimo de su protagonista. Magníficas
son las secuencias en las que Florence Pugh posa con su vertiginoso
vestido color azul, al que le proporciona las dotes de la verdad y la venganza
con una mirada punzante.
Lady
Macbeth es un cine de autor con
amplias reminiscencias teatrales en cuanto a su concepción en la puesta en
escena, pero también es una magnífica y transgresora propuesta que nos hace
saltar todos aquellos clichés de nuestro imaginario victoriano, pues su
director, William Oldroyd, no se pone límites cuando nos quiere remover
nuestras conciencias a la hora de plantearnos el ansia de libertad engendrada
por el deseo.
Ángel Silvelo Gabriel.
sábado, 6 de mayo de 2017
TEATRO TRIBUEÑE PRESENTA EL CORAZÓN ENTRE ORTIGAS, DIRIGIDA POR PACO DE LA ZARANDA Y ESCRITA POR EUSEBIO CALONGE: LA REBELDÍA DEL ARTISTA FRENTE AL SILENCIO DE LA MUERTE
¿Qué
sería de nuestra memoria si no la pudiésemos nutrir del trabajo de los
artistas? Pintores, escultores, actores, escritores y poetas, entre otros,
vierten ese último sentir de sus entrañas sobre las turbulentas aguas de la
vida por las que, en ocasiones, se arrastran cadáveres anónimos. Cadáveres que
son la señal más abominable de las incógnitas adheridas a la ignominia del ser
humano; incógnitas que a lo largo de los siglos aún no hemos sido capaces de
despejar para llegar a convivir en paz. Atrapar ese sueño imposible del artista,
porque se transmuta en una sombra a la que nunca puedes poseer, es la última
alabanza hacia el dios ARTE y la diosa MEMORIA a las que se han encomendado el
texto de Eusebio Calonge y la dirección de Paco de la Zaranda para
mostrarnos la rebeldía del artista frente al silencio de la muerte, porque
quizá no haya nada más cruel que vislumbrar a la muerte que procede del cielo:
espacio infinito en el que volcamos parte de esos sueños que para nada tienen
que ver con el trance de nuestro propio óbito. Como dice uno de los actores de
esta obra —una vez más, extraordinario reparto encabezado por un poderoso David
García—: «los recuerdos son la vida que se fue muriendo». Y es, con esa
lanza que procede del pasado, con la que las actrices y actores de esta obra
nos van atravesando el cuerpo con la necesidad del que te clava un objeto, no
para hacerte sangrar, sino para que te replantees cuál es la última razón de la
barbarie que nos asiste a las personas cuando nos matamos por unos ideales.
Planteada como un texto que va escribiendo su autor, Carlos Morla Lynch, —interpretado
por un David García que ejerce de un forma espléndida de director sobre
el escenario de todo el elenco actoral que se desenvuelve de una forma
armoniosa, lúcida y trágica ante la peor de las desgracias que le pueden
ocurrir al ser humano—, la obra en sí misma es un encuentro entre el artista y
su mundo creativo, entre el héroe y su palabra, entre las elevadas ideas y su trágico
reflejo sobre la verdad, porque como nos dice el propio David: «cuando lo hice buscaba la belleza»; una belleza que en esta
ocasión no tiene la posibilidad del deleite estético por mucho que nos preguntemos,
tal y como lo hacen los actores de este montaje, «¿le importa a la Historia las
lágrimas?». Un simbolismo estético y poético que resurge con creces de las
cenizas de la desidia que envuelve en gran parte a nuestras vidas, para
erigirse en un baluarte por el que luchar hasta el final de nuestros días.
Porque: ¿hay vida sin ideas?, ¿hay esperanza sin hacerle frente a lo imposible?
El
corazón entre ortigas es la
posibilidad de la esperanza que se espía a través de la sinrazón de las guerras
y las muertes que éstas acarrean en pos de unos ideales que nos tan naif como nos los pintan. Con la
herramienta del simbolismo estético que trata de abrirnos la caja en la que
guardamos a nuestra alma, Paco de la Zaranda se recrea en la
necesidad de lo majestuoso mediante unas soluciones escénicas tan sencillas
como líricas, tan directas como demoledoras, tan mayestáticas como
iconográficas. Baste recordar si no, la presencia de los actores, de pie,
tapados por unas mantas que simbolizan el anonimato impune del que se sirven
los asesinos escondidos bajo las coordenadas de las grandes causas. En este
sentido, el año pasado ya tuvimos la oportunidad de ver un primer montaje de
esta obra en el Festival Surge de Madrid,
en el que ya nos quedó claro que el teatro es símbolos y metáforas, gritos y
ecos, reflejos y sombras, vida y muerte. Una propuesta de por sí
extraordinaria, y que sin embargo, ha sido mejorada para dar como resultado una
versión más compacta, coral, lírica y demoledora de esa idea tan bien rebatida sobre
el escenario como es la inutilidad del arte frente a la muerte. No obstante,
también hay espacio en este montaje para la copla y el costumbrismo, el recuerdo
del amor y de la juventud, y la pureza de aquel que sólo desea reencontrarse
con sus seres queridos —soberbia la actuación de Inma Barrionuevo en el
duelo del dolor y la falta que de nuevo nos regala sobre el escenario—, para
mostrarnos una vez más la idea de ciclo que todo lo puede. Ese ciclo que nos
advierte de que «otras ideas y el mismo miedo», quizá, porque la rebeldía del
artista frente al silencio de la muerte sea la única forma de no volver a caer
en los mismos errores, porque tal y como nos recuerda Nereida San Martín al
inicio de la obra: «también ustedes serán parte de la historia y de su olvido».
Ángel Silvelo Gabriel.
miércoles, 3 de mayo de 2017
ÁNGEL SILVELO GABRIEL PUBLICA SU NUEVA NOVELA, EL JUEGO DE LOS DESEOS, EN PREMIUM EDITORIAL: A LA VENTA, EL PRÓXIMO 18 DE MAYO
El juego de los deseos es una fantasía donde los dioses, los mares, el hombre y su tierra se reproducen igual que una secuencia mágica que es capaz, por sí sola, de darle cuerpo a un sueño: el de los dioses perdidos…, y no encontrados. Eso es lo que mueve a Laura cuando deja el mundo occidental que la vio nacer, y sale en busca de esa luna imposible que ya desterró de todo juicio a Calígula, el protagonista de la obra de teatro homónima de Albert Camus. Aunque sus razones son distintas, y sus situaciones personales también —Laura no es un emperador como Calígula sino una mujer soldado destinada en Afganistán—, el fin que les une es el mismo. Y Laura lo expresa así en palabras del propio Calígula: «si me hubieran dado la luna, si bastara con el amor, todo hubiera sido posible. Pero, ¿dónde calmar esta sed? ¿Qué corazón, qué dios tendría para mí la profundidad de un lago? Ni en este mundo ni en el otro, nada está hecho a mi medida. Y yo sé, y tú lo sabes también, que bastaría con que lo imposible fuera». Sin embargo, a Laura no le bastó con el amor.
A pesar de todo,
en este desierto de derrotas en el que parece que sólo existen los dioses de un
olimpo irreal y desbaratado, Laura no
está sola, porque su vida, igual que el viaje de ida y vuelta de un boomerang
existencial, nos llevará hasta Adela, su madre, que huye lo más lejos posible
de la muerte y la derrota. Y lo hace sobre las ruedas de un autobús, donde lo
más cercano es el letrero de salida de emergencia sobre el que apoya su cabeza
y sus recuerdos. Si ella fuera Jane Eyre atravesaría los páramos de
su existencia a pie, pero las condiciones de vida del s. XXI se lo impiden,
aunque como la heroína de Charlotte Brönte, intenta escapar de un lugar del que nadie puede sacarla y en
el que poner a prueba su resistencia emocional. El único requisito es hacerlo
sola, ese es su reto, hurgar en sus entrañas sin ayudas externas. No obstante,
en todas las vidas siempre hay un pero, y en el de Adela es el inicio de una
aventura existencial que la llevará a terrenos que no sabía que existieran, y
donde el destino, de una forma aparentemente fortuita, la situará como
protagonista de una singladura para la que no creía estar preparada.
Al otro lado,
pero sin embargo muy cerca, está Galiana. También huye, pero por razones
diferentes a Laura y Adela. En
esta ocasión una tara recorre el mapa de su vida, y ella, empecinada en
comenzar por enésima vez desde cero, intenta cambiar las coordenadas mal
programadas de su existencia. Sin embargo, lo que Galiana también desconoce son las sorpresas que la
deparará su futuro que, sin proponérselo, la unirá a una leyenda mágica que la
llevará a ser comparada con una princesa mora. Una princesa, con la que aparte
del nombre, comparte más datos biográficos de los que cabría esperar, sobre
todo, después de que haya transcurrido tanto tiempo. Pero el paso de los años en
su vida, como en la de tantos otros, es caprichoso, y por ello, le quiere
ofrecer una oportunidad justo al otro lado, un lugar en el que Laura de una forma trágica será el punto de
unión de una historia que junto a Adela la llevará a una vida que nunca había
soñado.
El juego de los deseos es la historia de tres mujeres militares
españolas que aborda dos de los temas recurrentes en la narrativa de su autor:
la búsqueda de la propia identidad y de la libertad, pero en este caso, nos los
presenta bajo las coordenadas en las que se encuentran enterradas el amor, la
redención y la expiación de la culpa. Concebida como un largo poema a tres
voces, Laura, Adela y Galiana
se van a comportar como sirenas a las que se les ha sacado precipitadamente del
agua y que buscan refugio bajo la lluvia; una lluvia eterna que, cual
maldición, se superpone a cada instante, a cada suceso, a cada fracaso, y que
igual que la rueda de un molino, va dando vueltas sin parar.
lunes, 1 de mayo de 2017
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