sábado, 15 de septiembre de 2018

UN POEMA CASI OLVIDADO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Sueño con surcar océanos y mares. Iluso de mí exploro en infinidad de libros, detrás de los escaparates de las librerías, tras los rimeros de las bibliotecas, pero allí no encuentro lo que deseo. Para colmo, ya no sé dónde anidan los poemas olvidados ni las metáforas imposibles. No obstante, insisto explorando odas y sonetos. Hasta que, sin querer, me tropiezo con mi anhelo al otro lado de un escaparate. Es un libro que contiene un poema que casi había olvidado. Y comienzo a andar por un jardín de cristales rotos, donde la cuchilla del barco que se abre camino en mitad de un deshielo son en realidad mis brazos llenos de sangre.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 12 de septiembre de 2018

LA GAVIOTA, DE MICHAEL MAYER: LA LUCHA DE LOS DESEOS NO CORRESPONDIDOS



La vida se compone a base de pequeños interludios visibles que ocultan aquello que en verdad somos. Esas pequeñas piezas — a modo de breves bailes— son las que soportan el gran peso de nuestra existencia y, así, al menos, lo interpretó Antón Chéjov a lo largo de toda su producción literaria, ya tomara ésta el formato de una obra de teatro, de un relato corto o de una novela. La desesperación por no reencontrarse a uno mismo, la melancolía de los días sin nada, o la lucha de los deseos no correspondidos se suceden en sus obras como acontecimientos a los que sus personajes no encuentran un solución satisfactoria y, de ese modo, se auto condenan a marchar perdidos en una travesía que ellos creen que nunca tendrá un final, como si sus vidas fueran una barca que vaga por un lago. En este sentido, su obra de teatro, La gaviota, es una magnífica metáfora que representa el modo en el que Chéjov entendía la literatura, pues para el escritor ruso, su obra era la expresión más directa existente entre la naturaleza humana y la vida. Y, de este modo, los alardes por mostrarnos esa parte del ser humano son tan punzantes como hiriente es la apatía de unos personajes que se desenvuelven en la desesperación del amor y la sensación de que en algún momento sucederá aquello que tanto desean, aunque no hagan nada para que ello ocurra. Esos pantanos ciegos de agua y su falta de movimiento, sin embargo, tropiezan con el destino; esa fuerza innata de la naturaleza que dirige nuestras vidas. Chéjov y su obra retratan de una forma especial y trágica ese mundo que pronto cambiará radicalmente, algo que sus personajes aún no son capaces de vislumbrar más allá de sus toscas pulsiones personales que enredan las vidas de unos y otros sin llegar a encontrar un salida. Una salida, por cierto, que acaso no exista.



Uno de los aciertos de esta adaptación al cine de la obra del escritor ruso por parte de Michael Mayer es esa, mostrarnos a sus personajes en su época, bajo la tenue luz de las velas o la pomposidad de unos vestidos y la rigurosidad de unas costumbres que, en este caso, representan el pasado de una forma visual y sonora, pues los sonidos de los árboles, el lago o la languidez que desprende la paja del establo son las señas de identidad de aquello que está a punto de perecer. El segundo tanto a favor del director es el elenco de actores que ha elegido para la película, pues todos ellos, están a gran altura, en esa búsqueda desesperada del amor en la persona equivocada. Se nota que Mayer es un hombre de teatro, pues sabe manejar a sus personajes en las escenas corales e incluso nos demuestra su punto de vista más pictórico con encuadres e imágenes fijas que son pinturas en sí mismas, por la plasticidad que llegan a desprender, lo que se contrapone muy bien a ese aire premeditadamente trágico de las mujeres de la película donde tanto una magistral Annette Bening como una entregada Saoirse Ronan, o una inconmensurable Elisabeth Moss brillan con luz propia.



El poder de las pasiones que engendra el amor y su cercanía con la tragedia se exponen con la maestría que da la seguridad que permanece aletargada en el profundo conocimiento de los sentimientos del ser humano sin apenas llamar la atención, algo en lo que Chéjov era un maestro. Mayer, de una forma aparentemente sencilla, pero muy eficaz, nos muestra una versión de La gaviota que transita con paso firme por la literatura con mayúsculas y que no traiciona al texto de la misma, en el que para que no falte nada, asistimos a un magnífico final propio del gran maestro del relato corto. Un final, donde la mano de Antón Chéjov se posa de una forma única sobre la lucha de los deseos no correspondidos.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 6 de septiembre de 2018

RODIN, DE JACQUES DOILLON: LOS CLAROSCUROS DEL CREADOR DE “EL BESO” RETRATADOS EN UN BIOPIC SIN ALMA




La soledad del artista en su taller, las dudas y miedos que lo definen a través de sus obras y esa eterna mirada que busca y, en el caso de Rodin parece encontrar aquello que intuye, son los parámetros empleados a la hora de buscar el plano y la luz —plena de claroscuros apenas iluminados por velas o contrapuntos de puertas abiertas— que definen la parte más visible del escultor, y también, la mejor retratada por Jacques Doillon, un director que ha hecho una película a medio camino entre un documental y un film didáctico para los colegios, de tal forma, que los claroscuros del creador de El beso salen retratados en biopic sin alma que, sin embargo, busca la empatía de la reflexión y el paso del tiempo mediante unos fundidos en negro que tampoco nos acercan a la pretendida cercanía de una película de época que intenta aportar a través de ellos espacios para la reflexión. Rodin, por ejemplo, está muy lejos de La pasión de Camille Claudel, tanto, que aquellos que quieran volver a adentrarse en los claroscuros del escultor de los cuerpos retorcidos en posturas imposibles, no encontrarán nada de lo que buscan, porque la parte personal del autor, sin duda, lo más interesante más allá de la contemplación de su obra a la hora de retratar al personaje cien años después de su muerte, no está en la película. El retrato de Rodin por parte de un esforzado Vincent Lindon obsesionado en pegar pegotes de barro a las figuras que le han puesto delante, es plano, anodino y muy alejado de esa figura plagada de fuerza, misoginia y egoísmo de un creador que sólo pensaba en su obra sin importarle los cadáveres que dejara a su paso. Impasible ante todo lo que ocurría a su alrededor, si exceptuamos su tendencia a retozar en el catre con sus modelos, Rodin, sin embargo, se pierde en ese mirada también perdida que Lindon nos ofrece una y otra vez. Mirada sin pasión y sin alma que nos deja fríos y nos aburre cada vez más a medida que la cinta avanza a lo largo de sus dos horas de duración. Ni su deseo de alcanzar esa fama que le permita moverse con total libertad en su estudio, ni su búsqueda de la pureza a través de las cortezas de los árboles, ni tan siquiera su dura batalla contra su gigantesco Balzac, que al fin no descansará en ninguna plaza de París, si no en un museo de Japón, son acicates suficientes a la hora de intentar retratar a un artista que retorcía tanto a sus modelos como a aquellos que se encontraban cerca de él, y si no baste recordar el desprecio que le hace a su hijo, al que no reconoce porque no sabe ni pintar ni esculpir como a él le hubiese gustado. Eso sí, este ogro de bata desteñida y manos llenas de yeso o barro, pugna contra sí mismo y su obra de una forma denodada cual titán que necesita salir victorioso de aquello a lo que se enfrenta sin importarle los medios a su alcance que tenga que emplear para conseguirlo. Un esfuerzo vano, pues apenas lo apreciamos.

Rodin es una suerte de escenas que se desarrollan mayormente en interiores que no acentúan sino los claroscuros de su carácter, pero sin llegar a hacer daño, por lo inocuos que resultan, del mismo modo que su fama de ardiente amante queda tras la imposición de una puerta cerrada que en ningún caso invita a saber qué ocurre tras ella. Alejado de todo aquello que pueda despertar algún tipo de pasión, el film de Doillon transcurre bajo la anodina mirada académica de una película que se nota demasiado que ha sido filmada por encargo y con el deseo de acabar cuanto antes sin la necesidad de intentar aportar algo nuevo o diferente. De ese modo, los claroscuros del creador de “El beso” salen retratados en un biopic sin alma.

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

ALEJANDRA PIZARNIK, LA EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LOCURA Y OTROS POEMAS: SOLA FRENTE AL SILENCIO DE LAS PALABRAS



El silencio y la noche. El yo poético frente a las palabras. La muerte como forma de escapar de la alienación. Mesetas oscuras que se ondulan al paso de las palabras convertidas en poemas que, como olas, agitan los espíritus perdidos que buscan a la noche como meta y a la luz como un espacio de negación y muerte del alma poética. Alejandra Pizarnik se da cita con sus miedos y obsesiones en espacios donde la muerte es de color lila, pero también roja, azul o verde. Colores que no la dicen ni nos dicen nada, más allá de ser meros símbolos de estados de ánimo o fronteras que traspasar sola frente al silencio de las palabras. El verdadero abismo de la poeta argentina es la conquista imposible de las palabras; instrumentos que ella intenta denodadamente modelar, unir y transformar en imágenes plenas de surrealismo; un surrealismo muchas veces y desgarrador que se comporta como el desdoblamiento perfecto entre el yo físico y el yo deseado o imaginado. Los poemas de Pizarnik se asemejan a esa parte oscura y opaca de un espejo que ya no refleja la luz sino la muerte. En esta colección, de sus poemarios más representativos, vemos ese devenir que describe la indecisión inicial ante una tímida luz hasta el final que acaba precipitándose en la oscuridad de una muerte decidida libremente. Una semblanza, la de la poeta y su exilio, que está perfectamente descrita en su narrativa poética, en concreto en este Descripción:

«Caer hasta tocar el fondo último, desolado, hecho de un viejo silenciar y de figuras que dicen y repiten algo que me alude, no comprendo qué, nunca comprendo, nadie comprendería.



Esas figuras —dibujadas por mí en mi muro— en un lugar de exhibir la hermosa inmovilidad que antes era su privilegio, ahora danzan y cantan, pues han decidido cambiar de naturaleza (si la naturaleza existe, si el cambio, si la decisión…)



Por eso hay en mis noches voces en mis huesos, y también —visiones de palabras escritas pero que se mueven, combaten, danzan, manan sangre, luego las miro andar con muletas, en harapos, corte de los milagros de a hasta z, alfabeto de miserias, alfabeto de crueldades… La que debió cantar se arque de silencio, mientras en sus dedos se susurra, en su corazón se murmura, en su piel un lamento no cesa…



(Es preciso conocer este lugar de metamorfosis para comprender por qué me duelo de una manera tan complicada).»



Una metamorfosis  a la que Pizarnik alimenta con palabras como: lilas, muerte, llanto, oscuridad, noche, sueños, silencio, exilio…; un dolor que no admite el llanto, porque éste es el silencio: el mayor peligro al que se enfrentan las palabras, pues éstas son la forma de dar voz a un yo poético que, en muchas ocasiones, nos habla como si ya estuviera muerta y sola frente al silencio de las palabras, el verdadero abismo de su vida.



 

Ángel Silvelo Gabriel. 

sábado, 1 de septiembre de 2018

JOHN KEATS Y FANNY BRAWNE EN LA LIBRERÍA SHAKESPEARE AND COMPANY DE PARÍS: LA PERPETUIDAD DEL AMOR



París. El Sena. Notre Dame y, enfrente, el Barrio Latino: ruidoso, cercano, caótico. Dentro de esa pequeña isla la librería Shakespeare and Company —kilómetro cero de París— y, dentro de ella, libros, camas, espejos, un pequeño escritorio y más libros; de viejo —herrumbrosos junto a los pilares de madera—, actuales —pendientes de ser elegidos por la multitud de turistas y lectores que por allí se dejan ver— y, de poesía, perdidos en una estancia intermedia del primer piso. Libros si acaso olvidados o, al menos, no tan solicitados. Entre esas limitadas estanterías un poco inclinadas por el paso del tiempo John Keats y, a su lado, Fanny Brawne. Juntos y en silencio. Imperturbables al bullicio y al paso del tiempo. Dejando huellas de la perpetuidad de su amor. Más allá, el mundo; un mundo lleno de aristas y sombras, un mundo feroz y ajetreado que ha hecho un pacto con el diablo, pues cada día está más perdido en lo que menos importa.



«To see those eyes I prize above mine own

Dart favors on another —

And those sweet lips (yielding inmortal néctar)

Be gently press’d by any but myself —

Think, think Francesca, what a cursed thing

It were betond expression!

                                                           J.»





Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 22 de agosto de 2018

CIENTO CINCUENTA PALABRAS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Apareció rodeado de tubos de pintura. «Huele a magia», se dijo. ¿Dónde estoy? Y de repente apareció junto a otros a los que no les importaba ni su abultado tamaño ni las inmensas huellas que dejaba sobre el lienzo mientras les inmortalizaban entre mujeres gritando, toros que salían de la oscuridad o guerreros muertos que, en su subconsciente, huían de él y su gran tamaño. No sabía cómo explicarlo, pero al despertar sintió una enorme soledad que nada tenía que ver con sus enormes dimensiones. O eso creía él, porque a su lado descubrió un folio en el que habían dibujado una pequeña paloma, como las de Picasso, y una frase que decía: «un abogado por muy tenaz que sea en sus planteamientos nunca podrá ser imperturbable al paso del tiempo como un dinosaurio, porque las huellas de sus actuaciones se pueden borrar con una sentencia de apenas ciento cincuenta palabras».
Microrrelato de Ángel Silvelo


viernes, 17 de agosto de 2018

PATRICK MODIANO, RECUERDOS DURMIENTES: LAS CARRETERAS SECUNDARIAS DE LA MEMORIA



¿Cuántas vidas vivimos, sólo la que nos perfila el viento en el rostro cada día o esa otra que imaginamos y perseguimos en nuestros sueños? A los escritores, quizá, les queda aún una más: aquella que reinventan en sus novelas. En este sentido, Recuerdos durmientes es un magnífico ejercicio literario que se mueve entre la realidad y la ficción, los recuerdos y la memoria, París y el misterio. Y lo hace a través de historias entrecortadas por el paso del tiempo donde los recuerdos son los verdaderos testigos de ese movimiento temporal del día a día, tal y como nos dice el propio autor: «los mismos gestos bajo el mismo sol». La cualidad de ese calor de agosto, de las caras ya sin rostro que sólo son nombres anotados en viejas libretas o papeles marchitos, así como ese sol que persiste en iluminar una parte de nuestros recuerdos, se comportan como la fuerza motriz de aquello que nos queda de lo que vivimos, y lo hacen de tal modo que son el rastro de toda una existencia, porque son los elementos que han sobrevivido al olvido. La esencia de Patrick Modiano y su escritura están presentes en esta novela corta donde hace un ajuste de cuentas con el tiempo a través de unos personajes que se le aparecen como fantasmas en apuntes perdidos en carpetas amarillentas o guías de teléfonos. El protagonista, junto a ellos, lucha contra ese olvido de sí mismo y de su vida con la fugacidad presente en la intensidad que se esconde tras esa imagen o esa sensación que nunca se nos borra de la memoria por mucho tiempo que pase. Modiano, a través de seis mujeres enigmáticas y sus encuentros fugaces, juega no sólo consigo mismo y su memoria, sino también con el lector, al que invita a adentrarse en la singladura de unas historias y unos personajes cargados de misterio y, también, de los recuerdos del frío parisino de los sesenta, o de esos domingos de agosto antes de que tuviera que volver al internado, o de las conexiones del metro de París con sus lucecitas de colores que se iluminaban cuando las apretabas. Entre calle y calle, café y café, paseo y paseo, descubrimos ese París imaginado por el protagonista, en una singladura que, a veces, se comporta como la pérdida de la inocencia de aquel joven que ya no lo es.



Recuerdos durmientes es la primera publicación de Modiano después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura en el año 2014, y podemos decir que, a pesar de la brevedad de la misma, en ella se encuentra el alma literaria del escritor francés, pues en estos pequeños relatos que no tienen un final y que él va uniendo los unos con los otros, va trazando una serie de carreteras secundarias de la memoria donde: «a medida que pasan los años, sin duda terminamos librándonos de todos los pesos de los que vamos tirando y de todos los remordimientos», como mejor metáfora con la que medir el paso del tiempo y la auténtica esencia de la vida. ¿Qué es lo importante entonces? Para Modiano, sin duda, es la capacidad del artista para dotar a la realidad de esa capa de misterio que la haga única e intransferible. Así, las palabras son meros vehículos que nos llevan a lugares a los que nunca supimos que íbamos a ir, para de esa forma, dotar a nuestra existencia de la plenitud de la novedad intrínseca a todo lo imaginado. En este sentido, Modiano no tiene la necesidad de finalizar todo aquello que nos narra, porque esa interrupción es más bien la ruptura que se produce cuando nos despiertan en mitad de un sueño y no sabemos con certeza si aquello que hemos experimentado es cierto o sólo pertenece al mundo de los sueños. En esa incertidumbre, tan reveladora como mágica, es donde se mueven estos Recuerdos durmientes, donde París, una vez más, es la auténtica protagonista del devenir literario de Patrick Modiano, como si en el fondo, la ciudad fuese la excusa para trazar el mapa de las carreteras secundarias de la memoria, no sólo del escritor francés, sino también de todo el universo que es capaz de abarcar la literatura.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 16 de agosto de 2018

FLEUR JAEGGY, PROLETERKA: EL SUICIDIO DE LOS RECUERDOS



La desnudez de los sentimientos expresados de forma parca, árida y, sobre todo, poética y sobrecogedora. Proleterka, en este caso, es el nombre de un navío que surca los mares oscuros de los recuerdos y la vida; una vida donde la única frontera a salvar es la distancia que reina en el silencio de las emociones; emociones de personajes sin nombre, emociones extremas que surgen como un iceberg en un océano frío y desolador donde el único refugio es la palabra convertida en poesía. Escritura de paredes vacías exentas de libros, paredes blancas como símbolos de un alivio necesario para continuar en mitad de la tempestad…, en el suicidio de los recuerdos. Fleur Jaeggy de nuevo se aísla en su propia partitura y nos ofrece un nuevo tour de forcé de la vida hecha literatura con mayúsculas. Nada falta y nada sobra en la bella pulcritud de su escritura. Leer a Jaeggy es dedicarle nuestro tiempo al virtuosismo que se esconde detrás de cada palabra, una especie de contraseña que nos lleva a los territorios en los que no podemos pedir auxilio. Ella nos propone la zozobra y a nosotros no nos queda más que seguir escuchando las teclas de ese piano que no dejan de tocar y, con ellas, desembarcar en esas otras Venecias sumergidas bajo las aguas, donde lo único que tenemos que haces es dejarnos llevar por la belleza.



Proleterka nos narra la historia de un padre y una hija a través de los recuerdos; recuerdos de la vida sin palabras que les acoge, y la distancia que enmarca a esos silencios; unos silencios que son como el largo preludio de los recuerdos y más tarde la muerte. Hay muchos presagios en esta novela iniciática que navega sin pudo sobre la vida, los sentimientos, la familia o el sexo; y también muchos silencios que se coronan como la única verdad al alcance de unos personajes que sólo buscan pasar de perfil por todo aquello que no les gusta y, sobre todo, sin dar explicaciones. Los mundos interiores que recogen las vidas de Johannnes y su hija son la expresión de una desnudez existencial que se ancla una y otra vez en la imposibilidad de las palabras; palabras proscritas, porque son meras explicaciones de aquello que no se quiere vivir, de ahí que el silencio sea como un suicidio libremente elegido, donde lo único importante es uno mismo, por más que nuestra vida sea la intrahistoria de un naufragio. Proleterka = Proletaria, no es más que la antítesis de ese naufragio en manos de la narradora. Silencios, atardeceres, soledades, odios no expresados y sexo sin la más elemental ternura, se cruzan con la avidez del paso del tiempo en forma de recuerdos; recuerdos tardíos pero intensos donde proliferan el anonimato de unos personajes sin nombre salvo el de Johannes —el padre la de la protagonista—, Orsola —su abuela—. O la señorita Gerda. Reconstruir ese anonimato a través de las palabras es la misión de una protagonista que intenta entender aquello y, a aquellos, que para ella se quedaron sin nombre y que fueron arrasados por la desidia de los recuerdos familiares. Familia de suicidas como nos recuerda la protagonista si nombre de esta historia: «La nuestra es una familia de suicidas. De aspirantes al suicidio. Las raras veces en que hemos tenido ocasión de pasar algún tiempo, breve, entre parientes, el tema fundamental, el único tema por el que cada uno de nosotros mostraba un cierto interés, era el suicidio. Las tentativas fallidas. Ante lo demás, una indiferencia educada. A los familiares no les interesa hablar de otra cosa. El tema 'quitarse la vida' siempre ha sido más fuerte que los temas del dinero, las herencias, las enfermedades. Ni los funerales eran tenidos en cuenta. Incluso si ofrecían un pretexto para encontrarnos. Pocas veces nos perdíamos un funeral de familia. Generalmente se celebraban en lugares turísticos. En lugares amenos. Con un lago. En el banquete fúnebre no era infrecuente que alguien contara una de sus fallidas tentativas de suicidio. Algunos vivieron muchos años».



Proleterka es el crematorio de los recuerdos en el que sólo nos queda la posibilidad de introducir un clavo de acero que no sea destruido por el fuego, para así, poder rescatar una parte de la esencia del pasado, por mucho que sea un pasado donde la desnudez de los sentimientos nos aboque al suicidio de los recuerdos.



Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 14 de agosto de 2018

EXPOSICIÓN MONET / BOUDIN EN EL MUSEO THYSSEN BORNEMISZA DE MADRID: LA INTENSIDAD DE LA LUZ Y SU CONTRASTE



Atrapar la luz con la mirada y modelarla en algo distinto a través de las sensaciones que esa luz produce en nuestra mente. Dejarse llevar más allá de la simple experiencia para unir las mil formas que el mundo adopta dentro de cada uno de nosotros. Jugar a ser como émulos de Dios que tienen la capacidad de darle una nueva reinterpretación a la realidad para acabar haciéndola suya. Así podríamos definir los múltiples reflejos de la realidad que nos proponen Boudin y Monet. Maestro y discípulo entregados a filtrar la intensidad de la luz y su contraste bajo los parámetros de la experimentación y el cambio, porque si la transformación de la realidad a través del arte tiene múltiples manifestaciones; una de ellas, sin duda, fue la capacidad de aquellos pintores que a través de su fusión con la naturaleza demostraron que era posible reinventarla y mostrarla de una forma diferente. La intensidad de la luz y su contrate, de nuevo, juega aquí un papel fundamental. La observación del mundo ya no parte del clásico academicismo, sino que deviene en una experimentación que transforma lo visto en una amalgama de sensaciones que rompen con la frialdad estética del realismo para mostrarnos la subjetividad del arte por el arte, donde lo menos importante es la exacta recreación de aquello que contemplamos. Y, con ello, damos paso a una nueva forma de pintura basada en la expresión que se cobija bajo los reflejos de los rayos del sol. Ahora que el hombre ha enviado una sonda hacia sol que se acercará a él como nada ni nadie antes lo había hecho, Boudin como precursor de un impresionismo todavía demasiado atado a las formas clásicas y, Monet, como el discípulo que fue capaz de romper con las barreras de todo aquello que estaba instaurado, ya se acercaron a ese sol incandescente y perenne que gobierna y delimita nuestras vidas. En este sentido, la exposición del Museo Thyssen de Madrid acierta al mostrarnos a los dos pintores uno frente al otro, porque podemos apreciar con total naturalidad sus particulares propuestas, y el camino que va desde la potencia de la luz presente en la obra de Monet, que ejecuta sus cuadros directamente en la naturaleza, y la oscuridad de un Boudin que refleja su trabajo en el estudio sobre los apuntes tomados en la naturaleza. Algo que nos queda muy claro, por ejemplo, en el caso de El paisaje normando de Boudin y en La vista de los alrededores de Rouelles de Monet; o de una forma más incisiva cuando ambos comparten la misma escena y casi idéntica perspectiva como ocurre en El Sena de Ruán de Monet y El Havre. Barco en alta mar de Boudin.

Perspectivas, estudios al aire libre, acuarelas, pasteles y bosquejos a lápiz se van abriendo camino en una exposición en la que, se nos queda impregnada en la retina, la fuerza compositiva y la materialidad de las pinceladas de un Monet cada vez más sensitivo y deformador de una realidad que le lleva a crear un mundo nuevo: el del impresionismo. Y en la que apreciamos la maestría compositiva y la reinterpretación de la realidad más pegada a los movimientos pictóricos de un Boudin que destaca, sin duda, en sus composiciones de escenas de playa y marinas y en los pasteles de los cielos y el reflejo del sol sobre éstos, y que se acercan mucho más, por ejemplo, a sus escenas de la playa de Trouville siguiendo lo que Baudelaire bautizó en 1846 como “el heroísmo de la vida moderna”, una concepción rupturista del arte que el propio Boudin abandonó en 1870.

Luces, cielos, soles, playas y su colorido y reinterpretación de la realidad que nos llevan a captar el instante y su fuerza y de ese modo desplazarnos a un lugar distinto del que nos encontramos, en un viaje pictórico a través de la intensidad  de la luz y su contraste.  

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 10 de agosto de 2018

JANE BOWLES: CABEZA DE GARDENIA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Hui tras matar a mi amante después de nuestro fugaz encuentro. Sin abogados que me pudieran dar alcance me perdí por las rendijas de una alcantarilla que no contenía señales para el viaje de vuelta. Y, así, aparecí en Málaga, donde al entrar en el Metro descubrí que el tiempo me pertenecía. Me sentía infinita, como sólo lo pueden ser las leyendas. A mí, que siempre me buscaron de una forma equivocada en cada esquina, detrás de cada árbol, en la loma de la última montaña…, y que he acabado encontrándome a mí misma en el cementerio de San Miguel bajo el eco de un epitafio: «Cabeza de Gardenia». En ese momento sentí que ella era mía, como de los demás era el poema Casi nada que él la dedicó tras su muerte: «había muchas cosas que quería decirte antes de que te fueras...», tantas como palabras la recordarán cada día bajo el cielo protector, cerca de la ciudad azul y la tierra caliente.
Microrrelato de Ángel Silvelo