martes, 10 de marzo de 2020

ALBERT CAMUS, LA MUERTE FELIZ: LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD A TRAVÉS DEL SILENCIO



Afrontar la búsqueda de la felicidad tras la muerte. Del otro. Bajo la sombra del egoísmo que todavía no sabe diferenciar entre la dicha en sí misma y el silencio que la acoge. Silencio apuntalado por la paz que supone el aceptarse a uno mismo, y concluir que la felicidad no es otra cosa que disfrutar de la vida a cada instante. Como dice en la novela el viejo Zagreus, inválido e inmensamente rico: «Tener dinero es tener tiempo, puesto que el tiempo, como todas las cosas, se compra y permite buscar la felicidad». Ese tiempo que para muchos transcurre entre el trabajo y los quehaceres diarios es del que quiere huir Mersault, el protagonista de La muerte feliz, la primera novela que escribió Albert Camus entre 1936 y 1938 y que no se editó hasta 1971 dentro de Cuadernos Albert Camus I, Obras póstumas por decisión de su familia. Obra contemporánea de El reverso y el derecho, y anterior a El extranjero, en ella ya encontramos las preocupaciones que marcarán la obra del escritor argelino, entre otras, la libertad limitada del hombre en su búsqueda de la dicha. Una dicha envuelta en una profunda tristeza del hombre frente al mundo. Una dicha que explora la amargura de la belleza, como si en sí misma, ésta solo aportara sufrimiento a los hombres, tanto a la hora de la creación como en su posterior contemplación. Entonces, ¿qué es la búsqueda de la felicidad sino el viaje interior hacia el conocimiento de uno mismo? Esa, quizá, es una de las conclusiones finales de Mersault que, en su,epílogo vital solo encuentra consuelo en el silencio. En la soledad del mar. De las altas cumbres. O en la sombra de una habitación desde la que se oye le rumor de unas olas que, como un diapasón, marcan el ritmo de su corazón. Argel y su posterior huida a las ciudades y países europeos marcan el itinerario de un viaje que no es exterior, sino interior en la desesperanza que acoge al protagonista en su búsqueda de esa felicidad tan deseada y, que con el paso del tiempo, sabe que no se encuentra en el dinero sino en uno mismo: «Lo que me importa es cierta calidad de dicha. Solo puedo saborear la felicidad en la confrontación tenaz y violenta que sostiene con su contrario». Esa intención de búsqueda de aquello que se desea a través de su contrario es una impronta que está siempre presente en los pasionales protagonistas de la obra de Camus: inconformistas, taciturnos, inaccesibles y solitarios. Personajes que representan la desesperación del hombre frente a la vida que les ha tocado vivir y, por ende, frente a ese mundo inhóspito creado por el propio hombre. Un mundo contra el que Camus emplea toda su astucia y pasión a la hora de enfrentarnos a las grandes claves de la vida en las que nos posiciona. En La muerte feliz ya explora esa dicotomía entre el deseo y la realidad. Por ejemplo, no es lo mismo buscar la propia felicidad a través del dinero y las posibilidades que este nos ofrece, que ser feliz sin la necesidad de tener dinero, pues la felicidad, como tantas otras cosas, se encuentra en las virtudes o defectos que conforman nuestros ideales o sentimientos. Un juego de contrarios que en demasiadas ocasiones nos confrontan con la infelicidad de no poder conjugarlos.



La muerte feliz es un periplo a través de la búsqueda de la dicha y su silencio. Un itinerario que poco a poco nos descubre la importancia y la necesidad del silencio. Ese espacio donde poder reflexionar acerca de uno mismo y sus necesidades, destellos y oquedades que dibujan aquello que somos. El auto conocimiento al que nos somete Camus es la vía mediante la cual llegaremos a reinterpretar el absurdo que nos persigue desde que nacemos. Un absurdo que nos hace sentir y actuar de una manera determinada, y tan diferente al resto, que provoca estupor, rechazo y envidia. Pues al convertirnos en ese otro que los demás aspiran a ser, nos transformamos en un peligro para el mundo, aunque nuestra íntima necesidad solo sea la búsqueda de la felicidad a través del silencio.



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 5 de marzo de 2020

VICENTE VALERO, ENFERMOS ANTIGUOS: LO ENTRAÑABLE Y LO LEJANO VISTO DESDE LOS OJOS DE LA INFANCIA



Revisitar la infancia a través de la mano de la madre. Madre que nos lleva consigo al mercado, a la playa, a la escuela…, y a visitar enfermos. Esa mano que, en nuestra infancia, todo lo abarca y casi todo lo aprueba, le sirve de nexo de unión a Vicente Valero para reforzar la visión de sus vivencias en la isla de Ibiza en esos años setenta, llamados del tardo franquismo, que en una isla se encuentran como más atenuados o aletargados y, quizá, perdidos hasta que la llegada del turismo que lo alteró todo. En esa indiferencia insular asistimos a la narración, siempre limpia y equilibrada, del escritor mallorquín que, en apariencia, sin apenas quererlo, nos muestra todo aquello que rodea a un niño que está dejando de serlo. Una frontera de incertidumbre, la que separa infancia y adolescencia, que el protagonista de Enfermos antiguos intuye de la mano de su madre tras cada visita a un vecino, pariente, amigo o profesor. Una adolescencia que poco a poco se va apoderando de su mirada y de ese alma que necesita de otras respuestas a sus preguntas. La excusa a la hora de narrar los orígenes de ese niño, encuentra la excusa perfecta en el periplo y las costumbres que llevan aparejadas las enfermedades de sus mayores o compañeros de colegio. Todos ellos variopintos y singulares, y sin duda, capaces de desplegar un sinfín de matices sociales, políticos, familiares, afectivos y hasta artísticos que los asemejan a un perfecto caleidoscopio de imágenes que representan el paso hacia la edad adulta que su protagonista desglosa mediante lo entrañable y lo lejano visto desde los ojos de la infancia. Unos ojos ávidos de sorpresas y acontecimientos, como son todas aquellas anécdotas que Valero nos va desgranando a lo largo de la narración de esta novela breve cargada del simbolismo ancestral que representa la posibilidad de la muerte cuando uno está enfermo. Una condena de la que sin embargo escapa su autor con buenas dosis de humor, travesuras y esa forma tan peculiar que tiene de cerrar los capítulos de sus novelas, pues en apenas unas pocas palabras o un párrafo es capaz de dotarlos de una trascendencia y una inquietud admirables.



Vicente Valero en Enfermos antiguos vuelve a enfrentarse a su vida y, sobre todo, a su familia, como ya hiciera en la memorable Los extraños o Las transiciones. Y lo hace con la magnitud del que busca en lo más sencillo la singularidad de aquellos recuerdos que nos moldean la vida sin darnos cuenta. Esa similitud entre lo cotidiano y lo trascendente hacen de su obra un atractivo juego de sinergias que se van amoldando a esa forma tan suya de narrarnos los acontecimientos de unas vidas que son fácilmente asimilables a la de cualquiera de nosotros, pues ese es otro de los rasgos identificativos de su narrativa: la universalidad. Esa universalidad y la yuxtaposición de una cronología caprichosa, como lo son todos los recuerdos, refuerzan sin duda la genialidad de una puesta en escena identificada por su naturalidad y originalidad a la hora de plantearnos situaciones que muchos hemos vivido a lo largo de nuestras vidas y, que en palabras de Valero, alcanzan esa plenitud de la luz que es capaz de iluminarlo todo para mostrárnoslo de una forma diferente. Vidas anónimas que dejan de serlo por el valor plenipotenciario de un escritor que sabe buscar como nadie en los escondrijos de su memoria para crear obras narrativas que son piezas de un mismo conjunto y, sin embargo, particulares en sí mismas. No hay una destrucción del pasado ni una distorsión argumental ni biográfica en todas estas composiciones que lleva años publicando con la editorial Periférica, sino la de una unidad de aquel que explora la vida con una voz singular y única.



Enfermos antiguos se asemeja mucho a uno de esos licores que guardamos en casa para las ocasiones especiales y nos gusta compartir con nuestro mejores amigos. Y, así, Vicente Valero, nos muestra esa parte de su infancia restringida a la singularidad de unas costumbres y una isla que, sin duda, también pasarán a formar parte de nuestro acervo sentimental y literario, pues no en vano, esta novela es un acercamiento a lo entrañable y lo lejano visto desde los ojos de la infancia.



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 25 de febrero de 2020

MÓNICA OJEDA, NEFANDO: UN LENGUAJE POLIFÓNICO DONDE EL GRITO FUE HECHO PALABRA



Tirarnos a una piscina. Buscar el fondo. Y explorar el silencio bajo sus aguas. Allí, donde nos atrevemos a “mirar de frente a las mandíbulas abiertas”. Fieras que desean devorarnos porque saben que no somos víctimas fáciles de engullir. Allí, donde los ojos cerrados y la respiración estancada en la abominable oscuridad del terror que solo existe en una habitación-cocodrilo son nuestras señales de identidad. Allí, donde el grito se hace palabra. “Y lo que no se ve o no debe ser dicho encuentran su verdadero sentido”. Allí, donde el grito y su posibilidad de transformarse en palabra son la única opción. Palabra hecha agua. Redentora y Asfixiante. Agua transformadora del dolor y la forma de mirarlo. Agua transparente que en nuestras conciencias deviene en habitaciones-cocodrilo que lo engullen todo. El presente y el pasado. El dolor y el placer. La agonía y la redención. En esa necesidad de nuestro deseo a la hora de colonizar la experiencia del otro es en la que Mónica Ojeda ha construido Nefando. Nefando, un videojuego creado como un sinfín de gritos vertidos sobre el silencio. De la noche. De lo que no se ve. De lo que no debe ser dicho. De lo no visto. De lo no dicho. Como un juego exterior-interior existente en cada uno de los seis personajes de esta novela que traspasa las líneas invisibles de nuestras mentes y sus conciencias. Del deseo y el terror que se afianza como una liberación del alma que, atormentada, está sujeta a las reglas de un cuerpo que en ocasiones ni conocemos ni deseamos. Cuerpo-prisión. Cuerpo-deseo. Cuerpo-terror. Cuerpo que transita por la mugre de un mundo que no visualizamos. Como tampoco lo hacemos con el dolor que solo nosotros sabemos que nos hace daño. Ese, sin duda, es uno de los aciertos de esta novela y de su autora. Novela-difícil. Novela-dolorosa. Novela-única. Como único es mirar al dolor desde la valentía del que sabe que no saldrá ileso del intento. Dolor íntimo y perverso. Dolor sobre uno mismo y sobre el otro. El otro que ya no es un reflejo, sino la puerta que nos lleva hacia el abismo. A la derrota. A la destrucción. A la muerte.



Nefando es una cacofonía de la vida interior y de los miedos que nos comporta, no solo aceptarla, sino retarla. Vida de estragos y sexo. Sangre y cuerpos lamidos. Penetraciones anales y canibalismo. Decapitaciones animales y pornografía que solo existe en la deep web. Infierno de contraseñas liberadoras. Acertijos sin resolver. Y vidas que alientan un deseo desde la pedofilia. Cómic sin héroes. Pornografía sin reglas. Ciencia ficción sin platillos volantes. Todos ellos conforman un juego que no existe. ¿Acaso existe la zona oscura? Aquella que no nos atrevemos a mirar o admitir. El lenguaje polifónico de los personajes de Nefando nos arrastra hacia ese otro que creemos no ser y, sin embargo, late dentro de nosotros. Todos llevamos un monstruo dentro que se mece bajo las notas musicales de Daft Punk o Gorillaz. Todos exploramos en alguna ocasión la sonrisa del deseo de un hombre-cocodrilo que lo abarca todo en la noche-oscura del deseo incontrolado y liberador. Límites que no conocen fronteras. Límites que necesitan de una voz: el silencio. Un silencio reconstruido a base de una prosa poética indestructible: «Lo que se escriba aquí tiene que ser más importante que el silencio...» Arrolladora y violenta: «El erotismo es violento como la naturaleza». Herida por el deseo: «El deseo se parece a cientos de pájaros estrellándose contra una boca cerrada». Una prosa poética que se olvida de respirar bajo el agua para crear otros mundos y otros valores. Donde la lealtad hacia uno mismo es la necesidad de realizar un viaje hacia las entrañas de una habitación tamizada por las noches sin luz. Una prosa poética que busca a la vez lo bello y lo horrible: «la diferencia entre lo bello y lo horrible es la misma que la de adentro y afuera del baúl: ninguna».



Mónica Ojeda ha creado en Nefando una suerte de adivinanza sobre lo nunca escrito. Territorios salvajes que no vírgenes. Territorios sacralizados que son atravesados por el deseo más impulsivo y las noches plagadas de luciérnagas: «En lo innombrable hay imperios de luciérnagas». Pulsiones incontrolables como lo no creado: «Lo revulsivo merecía ser articulado; alguien debería ensuciarse en el lenguaje para que los demás pudieran verse». Un lenguaje polifónico donde el grito fue hecho palabra.



Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 21 de febrero de 2020

LA VIGENCIA DE JOHN KEATS EN EL 199 ANIVERSARIO DE SU MUERTE EN ROMA: LA FUERZA DEL VIENTO ME LLEVA HACIA TI, PERO LO HACE EN CADENCIAS CORTAS



No era de noche. Apenas las ocho de la tarde. Pero ya se perfilaban las primeras sombras de la penumbra que anunciarían su muerte. Sombras aletargadas en la brisa del cercano Tévere y perdidas entre las siluetas de las escasas personas que a esas horas todavía cruzaban la ciudad de Roma a través de la Piazza di Spagna. Había silencio y oscuridad en el entorno. Y calor y dolor en el segundo piso de la Casina Rosa donde Joseph Severn velaba las últimas horas de vida del poeta romántico inglés. Exiliado, a su pesar, en las herrumbrosas fachadas de la ciudad eterna. Y lejos de su amada Fanny Brawne. Un amor que le impidió leer las cartas que le escribió desde Londres, entre nebulosos y bucólicos recuerdos de su paseos por el bosque de Hampstead. O entre la complicidad de unas paredes que caían bajo el influjo de un deseo nunca resuelto: «La fuerza del viento me lleva hacia ti, pero lo hace en cadencias cortas. A mi paso voy acariciando flores con un gesto apenas perceptible, porque no quiero romper el silente equilibrio de la naturaleza. Sigo buscándote, aunque en mi camino me entretengo meciendo las hojas de los árboles, y por un instante me convierto en el dios Céfiro, viento del oeste que trae las suaves brisas de primavera y de principios del verano. En este viaje siento que la naturaleza me pertenece y que a través de ella te encontraré a ti, como una mariposa se posa sobre la flor adecuada o como un pájaro deposita sus finas patas sobre la rama que sabe que le va a ayudar a cantar a la llegada del alba. Me siento ligero, y soy capaz de apreciar que mi alma no pesa, porque se asemeja demasiado a una liviana alevilla que vuela a merced de la brisa de las últimas tardes de primavera. Eso es lo que soy cuando te busco, una mariposa que transita entre jardines de flores silvestres que anhelan solo un breve contacto.»

                                        

La grandeza de su heroica muerte descansa en la plenitud de la derrota de las causas perdidas. Ancestros del éxito contra los que el poeta luchó con todas sus fuerzas y, poco a poco, asumió como parte de una existencia maldita marcada por la tuberculosis y una obra poética por descubrir y reconocer. Luchar, cuando sabes que nada cambiará para salvarte de tu aciago destino, fue su leitmotiv. Un discurso manchado de sangre y lujuria poética y amorosa. «Yo deseo lo imposible», dijo el poeta. Un mandamiento que describe muy bien la necesidad de salvación de un alma joven y libre. Profunda y honesta. Rebelde y tenebrosa. Una naturaleza, la de la imposibilidad, que se funde en un campo sembrado de margaritas. Símbolos de la espontaneidad de la belleza y su efímero resplandor. John Keats luchó contra sí mismo y contra ese rasgo inacabado que fueron su vida y su obra. Y lo hizo con el entusiasmo de la búsqueda de la belleza. A través de sus poemas. A través de sus odas. Magníficas composiciones líricas que nos hablan de lo sublime y lo fugaz del mundo que nos acoge. De la perpetuidad de los sentimientos y la poesía. De lo unívoco que es encontrar el otoño, para bajo su símbolo, crear todo un universo. En la palabra, y su fuerza, Keats encontró el refugio de aquellos a los que nadie percibe, pero de los que nadie se olvida. Amor condenado a las cenizas. Olvido rescatado del propio olvido. Y firmeza en la lucha contra el paso del tiempo, universalizan su mensaje y el ímpetu de su obra poética que, como pocas, lucha contra lo imposible. «A veces, es preferible vivir tres días de amor y pasión igual que si fuéramos mariposas en verano..., o como rosas que solo vivirán un día antes de que les acoja el sueño de los pasos perdidos». Pasos perdidos que a John Keats le sorprendieron una fría noche de invierno. Un 23 de febrero de 1821, cuando todavía nadie conocía quién era aquel que mandó escribir sobre su tumba un epitafio tan delator como éste: «Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua», a la vez que soñaba su propia muerte cuando oía el ruido de la Fontanna della Barccacia de Bernini procedente de la Piazza di Spagna. O deliraba en su propio sudario de dolor y sangre cuando exclamó: «¡Ya noto cómo crecen las flores sobre mí!», a la vez que observaba las que estaban pintadas en el techo de la habitación en la que le acogió el sueño eterno. Justo antes de que Fanny, sumergida en su dolor, expresara: «la fuerza del viento me lleva hacia ti, pero lo hace en cadencias cortas.»



Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 16 de febrero de 2020

EXPOSICIÓN DE BILL VIOLA, ESPEJOS DE LO INVISIBLE EN LA FUNDACIÓN TELEFÓNICA: LAS VENTANAS DEL ALMA



Exorcizar el mal. O el demonio que nos habita. Purificar el alma a través de la meditación o con la interiorización de uno mismo que se tropieza con nuestra esencia, o la esencia de la vida. Pulsar ese botón oculto y que sin saber por qué salta cuando algo nos llega a ese lugar inhóspito y siempre escondido que llamamos alma. Explorar nuestros límites para enfrentarnos de alguna forma al paso del tiempo que va desde nuestro nacimiento a nuestra muerte. Límites de realidad sensorial apartados de ese mundanal ruido que nos atrapa y nos fagocita sin remedio. Ese es el registro y gran secreto de esta exposición —y de su carrera artística— de Bill Viola titulada Espejos de lo invisible, donde una vez más nos enfrentamos a sus composiciones de videoarte. Unas propuestas que van desde sus inicios a creaciones recientes, y que nos vuelven a mostrar ese camino de muerte y resurrección del ser humano mediante espacios inhóspitos o inaccesibles. Posturas imposibles y expresiones que en nuestro día a día nos pasan desapercibidas, y que todas ellas, dan pie a esa necesidad de limpiar y purificar el alma con un sistema de espiritualidad en ocasiones muy cercano a lo religioso —pues no nos puede pasar desapercibida esa iconografía tan potente de crucificados y resucitados que tan bien interpreta el artista norteamericano a la hora de hacernos llegar a lo más íntimo y profundo sus propuestas— que nos acerca al mito de la purificación que, por ejemplo, se ve muy bien en la composición Tres mujeres, donde el agua no es solo un elemento purificador sino que también representa el espejo en el que reflejarse e intentar conocerse a uno mismo. Espacio de lágrimas y sensaciones, e hilo transmisor del sentimiento humano de pureza. Pureza de ida y vuelta. Esa exaltación de los límites del ser humano que practica Viola nos sumergen en un lenguaje universal, pues las imágenes lo son. Imágenes sin texto. Imágenes rendidas al poder de la intimidad más absoluta que, en la Fundación Telefónica, se transcriben en espacios oscuros: amplios en unas ocasiones y en forma de pasillos en otras, desde los que podemos percibir con tiempo y calma los múltiples gestos y las sensaciones que éstos provocan en unos actores ralentizados hasta la extenuación con un slow film a prueba del paso del tiempo y de las múltiples manifestaciones de los sentimientos que se nos muestran. Sentimientos que, de otra forma, no percibiríamos, y que Bill Viola sabe muy bien que es donde se encuentra la esencia de su arte. Un arte que nos enseña las ventanas del alma.



La Fundación Telefónica ha estructurado esta muestra dando un claro protagonismo a los espacios que se contrarrestan muy bien con las proyecciones que vemos y, de paso, nos permiten contemplarlas desde el anonimato y el recogimiento que todas ellas requieren. Los diferentes tamaños de los vídeos y sus distintas profundidades o luminosidad juegan el papel de acercarnos en todos ellos a la esencia del mensaje y también a romper con la monotonía de la exposición, pues nos permiten acercarnos y alejarnos a las imágenes de una forma libre y sencilla. Bill Viola, de esa forma, juega con sus actores y sus contrarios en forma de agua, tierra, viento y fuego. Y también con la capacidad del espectador a la hora de percibir de una forma clara y directa aquello que se nos transmite. Bill Viola ve aquello que nadie ve. Es el mago que nos acerca lo que creemos que no existe para ofrecernos la oportunidad de verlo, y sobre todo, sentirlo, porque su arte es un arte de la exaltación de los límites del ser humano a través de los sentimientos. No en vano, sus creaciones se asemejan mucho a las ventanas del alma.





Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 14 de febrero de 2020

RAFAEL CHIRBES, EN LA ORILLA: LA VIDA PERDIDA



Hay silencios que solo rompen los extraños, aunque éstos sean las cañas de un pantano cuando las cimbrea una brisa de aire. Oquedades habitadas por esos otros que nunca fuimos, o mejor dicho, que quisimos ser. Oquedades descubiertas por el implacable paso del tiempo, el mayor tirano que viaja pegado a nuestras vidas. Silencios con forma de olvidos. Olvidos que yacen a la intemperie. En el silencio que aborda a la nada. En el crepúsculo del último rayo de sol. En el letargo del fin del mundo. Un mundo que mañana ya no estará para nosotros, pero que seguirá siendo una máquina de destrucción masiva. De vidas. De sueños. Y de múltiples razones reconvertidas en sinrazones. Un mundo que, más tarde, rebuscará en aquellas vidas anónimas como una retroexcavadora que nos sacará de donde nos dejaron para depositarnos en un vertedero. El de los hombres-sin cara. Sin vida. Sin pasado. En el vertedero de aquellos que no dejarán huella en el camino y a los que nadie echará de menos, porque forman parte de los hombres que se diluyeron por el desagüe de la codicia, la lujuria, la avaricia y la falta de escrúpulos. Hombres-sin vida más allá de la vida perdida. Vida olvidada por el presente, como los calendarios de las gasolineras que nadie se ha molestado en quitar, o como los carteles de se vende que nadie sabe quién los puso. En la Orilla, la última novela que su autor Rafael Chirbes vio publicada en vida y que recibió tanto el Premio de la Crítica como el Nacional de Narrativa, nos muestra con agilidad y crudeza el reverso que subyace tras los desastres que nos muestran los informativos cada día. Derrumbes con nombre y apellidos. Sueños rotos y rencores que nunca acabarán de sanar, porque nadie se ocupará de repararlos, son en esta novela-época el testigo directo de lo que nunca debió ser, pero sí ocurrió. Envuelto en mordaces diálogos, monólogos intensos y descripciones tan oportunas como antológicas, Chirbes nos presenta el universo de la locura que se apoderó del mundo en una época donde todo nos parecía poco. Poca comida. Poca lujuria. Poco dinero. Poca droga... Poca vergüenza. Como dijo el propio autor, sus personajes le fueron dados por los gobiernos de turno en la desaforada turbulencia de la feria del “y yo más”, que se produjo antes de la inevitable crisis financiera mundial que, de una u otra forma, nos hubiera devorado tal y como lo hizo la que lo zarandeó todo. El presente y el pasado. El futuro y su gloria. La integridad y los deseos volaron por los aires en un instante, tan efímero, como las bases en las que todos ellos se sustentaban.



En la orilla relaciona muy bien esa época, con unas más que acertadas idas y venidas del presente al pasado y viceversa, que nos permiten entrever perfectamente lo qué éramos o quisimos ser con lo que en verdad acabamos siendo. Un sima, personal y colectiva, que por muchas veces que nos la planteemos nunca acaba de calar en nuestra forma de entender la vida y el mundo. Al contrario que Delibes, que dio voz y vida a unos personajes marginales de pueblo e hizo de ellos unos héroes que dejaron de ser anónimos, Chirbes nos presenta una serie de personajes también anónimos, pero en su final. Un final sin heroísmo alguno, pues ellos también fueron parte del engranaje que lo destrozó todo. Unos personajes que revisan sus vidas y contradicciones. Sueños de juventud y fracasos de madurez. Que por mucho que puedan decir aquello de “que me quiten lo bailao”, ahora se muestran arrepentidos en el derrumbe, el propio. Un fracaso que es más por causas propia que ajenas, por decisiones propias que de otros, y por circunstancias unívocas más que plurales. Ese eco de última hora que les asiste antes de dar el último suspiro, se convierte en una saeta de muertos vivientes que fracasaron en lo esencial, porque, quizá, lo esencial es ser fiel a la integridad y a uno mismo. Una integridad que va de no dejarse llevar por los cantos de sirena que todos vemos y oímos en nuestro día a día. Ser fiel a uno mismo es difícil, antes y ahora, porque esa postura siempre te lleva a la soledad. A la incomprensión del otro y de los otros. Y a la confrontación con aquellos que nos rodean y sin darnos cuenta nos destruyen. Chirbes, consciente de todo ello, se aisló en su casa y construyó su propio universo literario en localizaciones que no existen en la realidad pero que son tan reales como la vida misma. Solitario en su carácter. Lento en su trabajo. Y concienzudo en su idea y su proyecto literario, Chirbes y su obra seguirán estando presentes cada vez que alguien se quiera acercar a la buena literatura ensamblada con las pinceladas de un realisno nada mágico, pero sí lleno de magia, por lo oportuno, certero y vivaz que se nos presenta, pues todos y cada uno de sus personajes y voces se asemejan mucho a ese reflejo del pantano que, en forma de lámina de plata, nos devuelve el sol de la tarde cuando con su luz roza su superficie acuosa. Un falso y bello reflejo bajo el que se depositan los muertos, escombros y desechos de una sociedad que no se atrevió a descubrirlos y se conformó con asistir al espectáculo desde la orilla. Allí donde la verdadera vida es un vida perdida.   



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 11 de febrero de 2020

EXPOSICIÓN RODIN-GIACOMETTI EN LA FUNDACIÓN MAPFRE DE MADRID: LA SOLEDAD DEL INDIVIDUO FRENTE AL FRAGMENTO COMO DISCURSO NARRATIVO



Hombres de perfil. Hombres matéricos con las bocas abiertas que se enfrentan a otros hombres-pájaro. Hombres, donde la fragilidad es su característica dominante. En, Rodin, cargados de robustez y contundencia frente a la fragilidad y minimalismo de un Giacometti y, con un elemento común entre ambos, como es la busca de la soledad del individuo frente al fragmento cono elemento narrativo. Uno y otro, Rodin y Giacometti, afligidos por la transparencia y vivacidad de las emociones: dolor, angustia, tensión, alegría, soledad, escapismo, que se traducen en la fuerza de lo inacabado y la preponderancia de la repetición. Repetición en busca de una perfección que no llega…, y que nunca llegará. Y contra esa lucha anónima, acerca de la búsqueda de lo imposible, la huella de los artistas sobre sus obras. Señas de una identidad que perdura en el tiempo y fagocita al anonimato. Diálogos entre la materia y la distancia que marcan los personajes de uno y otro artista sobre un espacio colectivo y visitable como ocurre en Los burgueses de Calais, que permiten al observador introducirse en el espacio de la obra de arte para experimentar su expresividad dentro de ella, tal y como hizo Giacometti en 1950 en el parque Eugène Rudier en Vésinet. Espacios que no siempre se nos muestran al ras de suelo, sino también aupados sobre pedestales. Pedestales que dan a sus obras la preponderancia del mito, de los dioses en sus inalcanzables tronos. Dioses de perfil, como en le caso de Giacometti, donde sus espigadas figuras del hombre-perfil se asemejan a las ramas de un árbol que nacen de las raíces (pedestal) que las sustenta. Ramas que, en ocasiones destacan por su desproporcionalidad. Y que, en Rodin, son en sí mismos la propia materia, como si busto y pedestal fueran una misma unidad.



La exposición Rodin-Giacometti en la Fundación Mapfre de Madrid es un relato acerca de los sentimientos del ser humano y sus múltiples capacidades de expresión. Un relato que se nos muestra en forma de ruta de sensaciones que van, desde la robustez de la presencia en la obra de Rodin, a la fragilidad del minimalismo figurativo de Giacometti. Una obra, la de Giacometti, que fue definida por Jean Genet como: “Los guardianes de los muertos” por la orientación hacia la reducción que tienen muchas de su figuras-hombre que, en ocasiones, nos permiten visualizarlas como cabezas planas reducidas a los dos planos. Un efecto que nos hace perder la espacialidad de la tercera dimensión. Un efecto, donde ese ojo que todo lo ve, tiene que transportar el sentido de su obra para aportarle la totalidad de su significado, pues a poco que nos desplacemos alrededor de ellas, asistiremos a su fascinación por la relación entre el movimiento y el espacio que alcanza su máxima expresión en su serie El hombre que camina. Un movimiento al que Rodin impregna a su obra con la contundencia y perversidad de movimientos casi imposibles.



Otra faceta creativa que abarca la exposición, y que puede resultar menos interesante de cara al espectador, es la cantidad de figuras inacabadas que se exponen y que nos dan las coordenadas del trabajo de cada uno de los artistas a la hora de llegar a la solución definitiva de cada pieza y, de paso, nos hablan sin cortapisas de la importancia del trabajo previo y la repetición como señas de identidad de sus trabajos. Trabajos concienzudamente plasmados en diferentes fases y materiales que van desde el papel, a la arcilla para acabar en el bronce o el mármol. Señas de identidad que nos hablan desde la frescura y la contundencia a la hora de plasmar la soledad del individuo frente al fragmento como discurso narrativo.



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 30 de enero de 2020

JESÚS MARCHAMALO, DELIBES EN BICICLETA: UNA VIDA SOBRE DOS RUEDAS



Austero en el gesto. Generoso en el esfuerzo. Íntimo en las pasiones. Afable en lo personal. Delibes, bajo la lupa de Jesús Marchamalo, es un hombre en bicicleta. Desde los seis años, cuando aprendió a montar en ella. Hasta después de su muerte, cuando su familia, en pleno, le recuerda cada verano en esa épica y nostálgica carrera de cien kilómetros que separa Sedano de Molledo de Portolín. Una distancia que él recorrió en su juventud por amor. Sin otro pretexto que el de sentir cerca a Ángeles, su fiel compañera. Delibes en bicicleta es el librito anual en el que Nórdica Libros nos presenta el retrato de un escritor/a de la mano de Jesús Marchamalo y Antonio Santos y que, en esta ocasión, quiere resaltar el centenario del nacimiento del escritor vallisoletano. Un tándem, el formado por el escritor y el ilustrador, al que también podíamos subir a un velocípedo de dos plazas y dos ruedas. En ese movimiento circular, intrínseco a la rueda, es en el que se desenvuelve este entrañable y genial retrato de uno de los grandes escritores españoles. Un escritor que hizo de sus silencios la forma de estar en la vida, y tras la que se resguardó del frío de Castilla y de los cafés de Madrid. Casi anónimo en lo personal. Fue universal en lo literario, pues fue capaz de traspasar las barreras naturales de la meseta para convertirse en el autor más leído de su época. Época de luces y sombras que él se encargó de sortear subido a una bicicleta. Bicicleta en forma de diario: El Norte de Castilla. Bicicleta como terreno de juegos hasta que le preguntó a su padre cómo se paraba aquella máquina a la que se había subido antes de la hora de comer. Bicicleta de amor que marchó tras la búsqueda de Ángeles un verano en el que todavía no estaban casados. Bicicleta de soledades y cánticos...

                                                  

Las anécdotas que conforman este retrato son tan universales como la obra del propio autor, pero en ningún caso, están narradas y puntuadas como lo hace Marchamalo —no en vano es el comisario del Año Delibes—, pues sus comas, su ritmo de adjetivos y su visión entrañable de este escritor universal, adaptan la forma circular de una rueda que siempre te embelesa. Una rueda que trata de acercarse al hombre con el vigor propio de quien lo retrata. A esa parte más invisible del personaje es a la que nos acercamos en Delibes en bicicleta. Un hombre subido a las dos ruedas y rodeado de contornos verdes y cipreses en la portada de este librito que, en su interior, se transforman en blanquinegros en sus diferentes retratos. Un Delibes convertido en persona única, cercana y jovial de la mano de Jesús Marchamalo y Antonio Santos —que, con sus ilustraciones nos da muestra de un Delibes a la fuga en bici o motocicleta. O más sereno con un retrato cigarro en boca—. Ilustraciones que nos hablan de la fugacidad de la vida y la permanencia de las sensaciones y los recuerdos cuando éstos quedan plasmados en una lámina a modo de testigo directo de una época.



Delibes en bicicleta es un eficaz instrumento con el que acercarse a Miguel. El cazador. El fumador. El incansable caminante que no hacía ascos a una partida de cartas ni a esas cuartillas que le cortaban del papel sobrante de las bobinas de un periódico del que acabó siendo su director. Su semblanza como persona y su valor como escritor quedan certificados en esa imagen de los reyes eméritos acercándose a su casa tras ser galardonado con el premio Vocento a los Valores Humanos, cuando ya estaba enfermo. Hombre de fidelidades, desprendido de envidias y generoso en el esfuerzo en la búsqueda sin cuartel de esa alma humana que él encontró con frecuencia en personajes olvidados dentro del mundo rural a los que él hizo grandes y universales. Únicos y entrañables, pues no en vano, como dijo el propio Delibes cuando recibió el Premio Cervantes: convivieron con él durante muchos años. Generosidad infinita que supo trasladar a su familia y a su entorno. Y a todos aquellos que se acercaron a su vida y a su obra, como es el caso de Jesús Marchamalo, Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes en el año 1999 y, por ende, gran conocedor de la vida y obra del vallisoletano, que esta vez nos ha dejado un certero retrato de un Delibes en bicicleta, dueño y señor del destino de los más desamparados.     



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 28 de enero de 2020

ALEJANDRO MORELLÓN, CABALLO SEA LA NOCHE: LA INMATERIALIDAD DE LAS PALABRAS


Atrapado en la inmaterialidad de las palabras. En la bruma de los recuerdos. Asfixiado por el dolor que conlleva no poder reivindicar aquello que nos hizo daño. Aislado del mundo que transcurre tras la puerta de nuestra casa por el abismo de los sentimientos que nos provoca el dolor de la muerte y el amor. Acantilados de paredes inexploradas que, al ser descubiertas, lo transforman todo en un delirio del todo y la nada. Reubicarse en ese espacio que no es de nadie, porque es un espacio único. Un espacio nuestro que solo uno mismo puede ocupar y que representa al delirio donde la enfermedad de la noche se hace sangre y fuego. Poesía y recuerdos. Canibalismo y sometimiento. Tras todas huellas tan intensas como poéticas es por las que transcurre esta novela corta de Alejandro Morellón que, sin embargo, juega a ser grande. Tan grande como seamos capaces de albergar en nuestro universo. La cadencia, el riesgo y la apuesta por desarrollar una voz nueva dentro del panorama literaria español hace de Caballo sea la noche una propuesta inigualable, por lo transparente y directa que nos resulta. Por ese riesgo que transmite ya desde la primera frase, y que no hace más que crecer a cada palabra, a cada frase, a cada golpe de coma que nos somete a un ritmo endiablado, mágico, poético y brumoso. Un ritmo salvaje que muy pocas veces podremos leer. Espectáculo inmenso este viaje a lo largo de la enfermedad de la noche que, como una epidemia, nos traspasa los sentidos y nos provoca perplejidad y emoción por la capacidad de transmitirnos imágenes y emociones. Miedos y reproches. Lujuria y tormento. El gran secreto de esta novela es el de lograr someternos a sus reglas, a ese ritmo endiablado de una narración continua y constante que busca y encuentra para cada palabra su lugar exacto y preciso, tal y como los críticos ensalzaban el estilo de Truman Capote. En Caballo sea la noche no falta ni sobra nada, y esa maestría en su estilo alcanza cotas muy altas en el primer y el quinto capítulo donde su lectura nos convierte en un elemento más de la narración. Elemento onírico, etéreo y poético. Altivo y desgarrador. Lírico y místico, que nos provoca una ensoñación que nos empotra, junto a Alan, dentro de ese cuarto de lavadora, de ese salón donde la madre se siente atada a las fotografías del pasado, o de ese pasillo que nunca se acaba.



Caballo sea la noche es un Equus español donde el psiquiatra y el adolescente devienen en un padre y un hijo que, en esta ocasión, se exorcizan el uno al otro a través de las reglas que impone la enfermedad de la noche. Una noche que el hijo transforma en un descomunal caballo blanco que lo puede todo. Una noche que es la partícipe de aquello que no se puede contar por el dolor que nos causa. Un dolor que se hace verbo mediante la inmaterialidad de las palabras. Palabras que se ahogan en la voz interior de un hijo que busca romper ese silencio mediante los vericuetos de una vida a los que quiere dar una salida sin ser consciente de la verdad. La suya. La propia. La única verdad. Y enfrente de él la voz la madre, que escupe las palabras al exterior por más que no las pronuncie y solo las piense. Un duelo de voces que se ejecutan a lo largo de cinco largas frases separadas entre comas, puntos y coma o dos puntos que copian el estilo del escritor polaco  Jerzy Andrzejewski, lo que no le quita ni un ápice de complejidad y virtuosismo a este tenso y bien elaborado juego de frases capaces de mantener un ritmo y una tensión únicos.



Hay brumas y brumas. Y las de Caballo sea la noche son de esas donde el pasado se enfrenta al presente. Brumas que se comportan como un gran agujero negro. Infinito. Inclasificable. Atroz. Brumas que, quizá, sean lo más parecido a esa incertidumbre que no puedes identificar con el paso del tiempo o los recuerdos. En esa nebulosa, donde la nada lo es todo, solo cabe continuar. A tientas. Con miedo. Sin aparentes certezas. En esa vuelta hacia atrás. Hacia lo que fuimos, solo te asiste el corazón. El corazón es el único que no miente cuando se acelera y te tiembla la voz. Un corazón como esos zarpazos de vida manchados de sangre y muerte perdidos en el agujero negro del mundo que marca nuestro tiempo y nuestras vidas. Vidas entregadas a la inmaterialidad de las palabras.


Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 13 de enero de 2020

1917, DE SAM MENDES: EL ÁRBOL QUE CRECE SOLO EN LA LLANURA



Hay una extraña belleza en el dolor que nos hace ver la vida como un maravilloso campo sembrado de flores antes de tener que adentrarnos en el averno de la tragedia y la muerte. Allí donde el cielo azul y el verde de las praderas se transforman en un herrumbroso gris sin más matices que el color negro. Entonces es cuando surge el verdadero valor del héroe. Aquel que es capaz de transformar la tragedia en esperanza, el más incierto de los futuros en un plausible presente ausente del escarnio de la sangre y la muerte. Y ese camino que se debe cruzar para lograrlo es un camino de soledad, incertidumbre y, sobre todo, pánico, pues el pánico es el que nos devuelve a sentirnos humanos en las desgracias, los contratiempos y las catástrofes. Ese camino, también, es un camino de múltiples deseos ante lo imposible, de exploración de sueños que buscan la supervivencia por encima de todo, pero también, la lealtad firme y rotunda de la misión encomendada, el deber cumplido y la visualización de los seres sobre los que poder derramar nuestras lágrimas, tal y como hace un árbol que crece solo en la llanura. En la intemperie. A la vista de los demás. Y con el único consuelo de sus raíces. En este sentido, Sam Mendes en 1917, crea un universo único e impactante de claroscuros a la forma que Caravaggio hizo en sus cuadros, donde la luz se proyecta sobre el protagonista y las sombras recrean aquello que hace posible que dirijamos nuestra mirada hacia él. Aquí es donde no se nos debería olvidar que el héroe, no sería tal, sin la ayuda de todos aquellos que le rodean, amparan o estimulan. Un estímulo que, en 1917 no solo procede de ese infinito, perpetuo y magistral plano secuencia en el que está filmado, sino también en la portentosa fotografía de Roger Deakins que nos transporta a un lugar inesperado por lo bello que se nos muestra en unas ocasiones y lo terrible que nos parece en otras; y el guion que el propio Mendes ha escrito junto a Krysty Wilson-Cairns, y en el que resalta sobremanera aquello de que lo menos es más. Un juego, el de los claroscuros, que funciona como una balanza que se vence a uno y otro lado con la fuerza de los sentimientos más puros y primarios del ser humano. En esa proximidad a la esencia de la vida es en donde 1917 es única e imprescindible, y donde reta en su concepción y ejecución al término de obra maestra. Y, por tanto, resulta muy difícil de entender por qué los grandes estudios cinematográficos no hacen una mayor apuesta por este tipo de películas que son las que en verdad permanecerán en nuestra memoria a lo largo del tiempo. Como decía el poeta británico John Keats en su famoso poema Oda a una urna griega: «La belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber». Un axioma infinito e inmutable a lo largo del tiempo.



La otra gran virtud de 1917 es volver a enfrentarnos a esa perenne soledad a la que todos nos vemos avocados a lo largo de nuestras vidas, y lo hace con la majestuosidad de una gran película de aventuras, donde lo que menos importa es como acabe, por más que creamos que lo hará bien, pues lo más importante de esta genuina película bélica que, en ocasiones nos retrotrae al film de Stanley Kubrick, Senderos de gloria, es todo aquello que ocurre antes de llegar a su escena final; un camino, el recorrido por 1917 lleno de vida y muerte, horror y belleza, esperanza y decepción, que nos va llevando de la mano a lo largo de dos horas con la maestría de aquel que nos muestra el horror de la guerra y la infinita magnitud de su destrucción, pero también el verdadero valor del amor y la esperanza como pocas veces veremos en una sala de cine. En este sentido, el gran acierto de Sam Mendes es arriesgar por una película cuyo rodaje implicaba un salto al vacío sin red y una apuesta impagable por aquello, que si sale bien, te encumbrará hacia la gloria. De ahí su valor y su éxito, porque en esta ocasión el saltador cayó de pie e ileso sobre un gran campo de margaritas. Un campo donde un árbol crece solo en la llanura a modo de mejor metáfora con la que el cineasta se sirve para ilustrarnos acerca del verdadero sentido de la vida: el amor a los tuyos.



 

Ángel Silvelo Gabriel.