jueves, 13 de febrero de 2025

ANTONIO TOCORNAL, ÁRIDA: UN VIAJE HACIA LA NADA

 




Siempre hay un punto final. Un exilio del que nunca regresaremos. Un camino que acaba. O una estación de tren cuyas vías no continúan. Sin embargo, en ese despeñadero del mundo también habitan los sueños. Crueles. Etéreos. Inmateriales. Sueños que son el espacio invisible donde habita la fuerza motriz que nos trae y nos lleva, y a la vez, nos deja varados. ¿Existen la vida y el mundo? ¿O acaso el más allá? Preguntas que precisan de una respuesta que no siempre tenemos a mano. Por imposible. O inalcanzable a la mente humana. A la mente racional, por supuesto. Para indagar en todo ello Antonio Tocornal nos invita a visitar Árida. Un espacio onírico. Fantasmal. Y maldito. Meta, destino, y punto final de vidas y encuentros. ¿Qué es la vida sino un indeterminado número de encuentros? Relaciones donde la accidental y lo mágico se revuelven en una serie de crueldad divina. De fantasmagoría bíblica. Relaciones, eso sí, sin biblia ni santos. Para parapetadas en diatribas sin auxilio posible. Historias al margen de una realidad que no tiene más espacio que el de la senda que llevará a cada uno de los personajes de esta novela a un territorio llamado Árida. Convirtiéndolos es un viaje hacia la nada. Esta novelle, a medio camino entre la alegoría y lo fantasmagórico, crea un territorio propio. Del mismo modo que Rulfo creó Comala —de lo que se da nota en la antesala de esta historia—, o Faulkner, Yoknapatawpha; o Benet, Región; o Luis Mateo Díez, Celama, sólo por poner algunos ejemplos. Desde esa inmaterialidad existencial presente en Árida surgen una serie de historias en las que la literatura se transforma en materia. Materia y locura que se desarrolla a lo largo de un desierto. De su arena. De su sol. Hábitat de una desolación que surge como un dios que todo lo observa y determina. Un hábitat en forma de desierto que representa al tiempo y su medida. Y, así, de la mano del escritor gaditano, afincado en Mallorca, vamos descubriendo vidas y sufrimientos. Torturas y sus reflejos. Deseos incumplidos. Y batallas perdidas. En un universo propio de zombis sin piel ni hueso, pero a los que aún les queda esa porción de vida que es el alma. 

Árida es un territorio propio de penitencias y de lucha. La del ser humano frente a la muerte. Contra el tiempo y la ausencia de recuerdos. Contra el viento que borra huellas y vidas. Y, sobre todo, es la historia de tenacidades que nunca se rinden ante el olvido. Así nos lo cuenta el personaje de La guardesa, argamasa de las historias de esta historia cuyo punto final es Árida, ciudad-fantasma que representa un viaje hacia el punto final donde se halla la nada. Esa nada que nos recuerda que: «polvo eres y en polvo te convertirás». Desde esa hipotética nada surge un modo de narrar cargado de tintes surrealistas donde la crudeza de la realidad se da la mano con el suspiro poético presente en muchas de sus frases. Construcciones gramaticales que van y vienen para darle a la novela un carácter cíclico, pues ese es uno de los mensajes que la misma atesora. Formas de expresión que vienen determinadas por la importancia que el autor le da al estilo narrativo —tan denostado en la última época—, fijando su atención en cómo se cuenta una historia que, por no tener, no precisa de un principio y un final, aunque esta novela los tenga, sino que se trata de crear universos literarios que buscan la excelencia por encima de la banalidad actual, y dejan al lector ese margen de reinterpretación de un texto que habla de todos nosotros. De ese último viaje hacia la nada. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 10 de febrero de 2025

SAKIKO NOMURA, EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA “TIERNA ES LA NOCHE” EN LA FUNDACIÓN MAPFRE: EL MUNDO A TRAVÉS DE LAS SOMBRAS

 



Caminar con paso decidido entre sombras. Por universos que nacen de un instinto felino capaz por sí solo de dar vida a lo inimaginable por incierto. Un casi negro sobre negro. O, quizá, la exploración del sueño sobre la realidad. Ahí, donde las formas pierden sus límites y adentramos en la vulnerabilidad del mundo sensible. Un territorio donde las percepciones no precisan de lo empírico, y sí de lo onírico. De esa fuerza brutal de lo indeciso e inesperado surgen las naturalezas apenas adivinadas, los cuerpos desnudos difuminados en la oscuridad, o las flores sobre un intenso fondo negro que la fotógrafa japonesa Sakiko Nomura expone en la Fundación Mapfre de Madrid. Una primera y gran retrospectiva de la artista nipona que nos muestra su gran habilidad a la hora de mostrarnos los universos ocultos que se nos hacen presentes sin que nosotros, en una primera instancia, seamos capaces de adivinar. De esa ambivalencia entre la luz y la oscuridad surgen mundos que nos abren puertas hacia nuevos territorios donde se dan la mano el hiperrealismo fotográfico de sus grandes flores e intensos colores que se nos aparecen como retratos no humanos de vida y solemnidad, pues solemne es la apuesta que se nos muestra delante de nuestros ojos; hasta sus cuerpos desnudos cargados de un erotismo y una sensualidad explícita. De esa primigenia forma de mirar el mundo tan presente en su obra, Sakiko Nomura se revuelve sobre sí misma para deleitarnos con espacios inertes y cotidianos de unas naturalezas muertas compuestas de árboles que nacen de la noche más oscura, como si fueran unos mágicos fuegos artificiales que se nos aparecen sin pedirlo en modo de mágica sorpresa, pues deambulan por un alambre difuso entre lo visto y lo sorprendente. Aquí es donde podríamos decir que sus fotografías nos relatan escenarios propios de las películas de David Lynch, con personajes agazapados en la noche, como es por ejemplo la instantánea del elefante manteniendo el equilibrio, y que nos sugieren la percepción de lo onírico de una forma directa. Oscuridades y sombras que nos narran un mundo subversivo como es el que transcurre en las horas en las que el mundo duerme, salvo nuestro inconsciente. 

Tierna es la noche también es un viaje literario a lo largo de los cuerpos desnudos de hombres (sobre todo) que se enfrentan a camas de sábanas blancas, en contrapunto con la tez más oscura de sus modelos. Hombres-modelo en los que se percibe la búsqueda de la empatía del espectador en un juego de atracción y escapismo cuando el retrato se pierde en la densa oscuridad de una noche que se desdeña como fruto del deseo. Imágenes que también nos muestran la amplitud del deseo en los cuerpos entrelazados en los que, en este caso, se nos priva de la visualización de los rostros, para dejarlo todo en mano de la imaginación del espectador. Aquí es donde la artista japonesa rinde homenaje al escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald, y donde nos revela, de alguna forma, la fascinación por esa primera opulencia que más tarde se apaga hasta caer en un pleno declive. Esa búsqueda inicial del deseo a través de cuerpos jóvenes y atractivos es en algún sentido tierna, a la vez que provocadora, por lo que tiene de invasiva en nuestros sentidos, por tratarse de imágenes que tienen tanta fuerza que nos invitan a imaginar y a completar lo que se nos muestra: el mundo a través de las sombras.  

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 7 de febrero de 2025

SÁNDOR MÁRAI, EL MATARIFE: UN RETRATO ATEMPORAL Y LÚCIDO DE LAS MÁS OSCURAS MISERIAS HUMANAS


 

La literatura centroeuropea de principios del s.XX está copada por grandes escritores. De Stefan Zweig a Thomas Mann, o de Walter Benjamin a Sándor Márai, sólo por poner unos ejemplos. Todos ellos representan esa desazón que se hiso dueña del paso del s.XIX al s.XX. Un quiebro del destino de los que la literatura ha dejado muchas huellas en las que buscar los porqués de los cambios políticos, económicos y sociales que ocurrieron en esos años. Y del destrozo que causó una inconclusa Primera Guerra Mundial que conllevó la no menos fratricida Segunda Guerra y determinaron y marcaron, sin duda, el alma creativa de los artistas que las sufrieron y vivieron. El caso de Sándor Márai podría ser un ejemplo de ello, pues en esta ópera prima titulada El matarife, asistimos a ese desglose sutil, certero, y también determinante, del alma de un joven que fue engendrado por sus padres tras asistir a la muerte de una mujer en un circo. Un hecho que se torna en decisivo cuando en su adolescencia golpea con un palo a una niña de diez años provocándola grandes daños en su cabeza y su visión. Esta carrera sin límites, hacia la semblanza de un asesino, el escritor húngaro nos la va describiendo con un estilo narrativo audaz y lleno de esos pequeños matices que lo hacen distinto y distinguido. Un estilo, donde lo superfluo, poco a poco, deja de serlo para convertirse en fundamental. En este sentido, el paso de Otto, el protagonista de esta novela corta, por un matadero de Berlín donde le lleva su padre cuando por fin parece haber encontrado el destino de sus debilidades y habilidades, y tras haber asistido en un caluroso día del mes de agosto al sacrificio de un buey y su posterior paso como soldado en la Primera Gran Guerra marcan los espacios geográficos en los que Sándor Márai perpetra este singular retrato de un joven que representa muy bien a toda una generación, y a la posterior connivencia de las sociedades futuras con la violencia. Un perfecto caldo de cultivo de la destrucción de las futuras guerras. 

El matarife destila a la perfección esa inquietud que manifiesta el ser humano por todo aquello que sucede a su alrededor y le lleva a dar luz a su desvelo, en este caso a través de la literatura, sobre los sucesos que les han tocado vivir. En esta novela corta, tanto el estilo como la intencionalidad literaria del escritor húngaro recuerda en muchas fases a la que también expuso Stefan Zweig sobre una sociedad, la europea, que acumuló sus más notables índices de putrefacción con el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias. Ese determinismo hacia la fatalidad y, a la que se antepone el arte, nos hace ver muy a las claras el carácter reivindicativo y comprometido de un autor que, al igual que Zweig, tuvo que abandonar su país por culpa de los totalitarismos. De ahí, que no resulte extraño el carácter testimonial y de denuncia de una carrera literaria que se inició con esta novela corta en la que se hallan presentes la maestría de un gran escritor junto al retrato atemporal y lúcido de las más oscuras miserias humanas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 31 de enero de 2025

GONZALO CALCEDO, LA CHICA QUE LEÍA EL VIEJO Y EL MAR: VIAJES, DESTIERROS, ENCUENTROS


 

La vida pende de un hilo. Invisible, casi siempre, pero frágil y caprichoso. La vida es una sucesión de accidentes, encontronazos, despistes o casualidades que nos llevan a comportarnos como marionetas. Marionetas que también penden de un hilo. Esta vez, invisible siempre, sobre todo, si estamos lejos del guiñol. La vida es esa marea que nos trae y nos lleva como si estuviésemos reducidos o castigados a ser simples olas. Piezas sueltas de una masa inmensa y que, al unirse, conforman un todo. Un todo que se comporta como el libre albedrío de un conjunto de partículas. Por esa senda donde habita la ruptura del silencio es por donde caminan los magníficos relatos que Gonzalo Calcedo nos muestra en La chica que leía El viejo y el mar. Relatos rupturistas, por lo que tienen de abandono y soledad, y por el margen de maniobra que el autor palentino —de una forma brillante— es capaz de explorar en la cotidianeidad del desasosiego que nos vence. Viajes, destierros y encuentros se dan la mano en aeropuertos, carreteras secundarias o autopistas. Espacios que se comportan como islas dentro de ese otro gigante que es el mundo, pues islas somos cada uno de nosotros en nuestras vidas. Rutinarias y anónimas hasta que son abordadas por el magma de la accidentalidad, la casualidad, el destino o el azoramiento. Porque, qué somos sino meros accidentes. La maestría de Calcedo a la hora de plantearnos estas minúsculas historias que, sin embargo, están llenas de vida, se encuentra en su capacidad de inventar historias —ahora que está tan de moda la auto-ficción—, si salvamos algún relato. Y, también, en crear espacios únicos y nuevos por mucho que creamos que ya los hemos revisitado, porque como nos dice la escritora Estrella de Diego: «Hay que estar mirando donde uno cree que no debe estar mirando». Y de esa mirada nacen cuadros, muy del estilo Edward Hopper, por lo que destilan de mimetismo y soledad. Soledad humana que se rompe por la intrínseca necesidad del otro que en muchos momentos expresamos, y no sólo con la mirada o el gesto, sino también con la palabra. Conversaciones triviales que, en La chica que leía El viejo y el mar, se rearman para levantar vidas anodinas y convertirlas en algo nuevo. Un esqueleto que, al final, destila un rayo de esperanza y una magia que se corrobora por un estilo literario limpio y directo que demuestra un gran dominio del ritmo narrativo. No en vano, Gonzalo Calcedo define al relato corto como: «Una hoguera donde buscar refugio durante la noche», en contraposición con la novela que para el autor, afincado en Cantabria, tiene más que ver con la construcción de una ciudad. 

Mucho se ha dicho ya sobre la deuda estilística y de concepto literario que Calcedo tiene con el cuento norteamericano y, en concreto, con John Cheever, el narrador por excelencia de las periferias. Periferias que en el caso del escritor español son de urbanizaciones semi-abandonadas, bancos oxidados o coches a punto de exhalar. Sin embargo, lo que nunca se apunta, es su extraordinaria facultad para manejar la elipsis a la hora de crear una multiplicidad de situaciones que nos muestran vidas enteras con tan sólo adivinar un pequeño matiz de las mismas. Esa facultad de sugerir es lo que denota su grandeza como narrador, porque con muy poco, es capaz de llegar muy lejos, dejando al lector un gran margen de imaginación y maniobra a la hora de culminar las historias que nos plantea. 

La chica que leía El viejo y el mar es un universo de corazones rotos donde los personajes se encuentran por casualidad para, al final, acabar encontrándose a sí mismos. Una clara contraposición con los espacios donde se desarrolla la acción que los envuelve. Arquitecturas mastodónticas en forma de aeropuertos donde resulta muy fácil perderse, o construcciones civiles como son las autopistas en las que si quieres nadie te podrá seguir el rastro, salvo que te desvíes sin previo aviso a contemplar una laguna olvidada. La necesidad del otro, el amor y la soledad se dan la mano en estas historias plagadas de viajes, destierros y encuentros. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 29 de enero de 2025

THE NEW RAEMON Y McENROE PRESENTAN “NUEVOS BOSQUES” EN EL INVERFEST - SALA BUT: LA MÚSICA COMO METÁFORA DE NUEVOS RETOS

 


Nuevos bosques como metáfora en la que enfrentarse a nuevos retos. Aquellos que nacen en la frontera donde la noche se convierte en día. Y el tormento de un amor apasionado apenas es mitigado por el llanto del poeta. «Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma», como nos apuntó el químico francés Antoine de Lavoisier. Y en esa mezcla de veneno y antídotos nace la música de Nuevos bosques, el último y flamante álbum que nos llega tras la colaboración y muestra de amistad entre Ramón Rodríguez y Ricardo Lezón (The New Raemon y McEnroe). Canciones que de nuevo reclaman la atención de nuestra parte más sensible —que no sensiblera—, por ser composiciones que se buscan —y muchas veces no se encuentran— en la sinrazón del amor, o en el cortometraje que en ocasiones nos arrebata en forma de pasión desaforada, cantada y reinterpretada desde la más absoluta verdad y sinceridad, porque si algo caracteriza a Nuevos bosques es esa irrenunciable meta que cubre a la dignidad, —en esta ocasión artística y vital—, que lo puede todo, e incluso es capaz de derribar a las trampas del día a día. Esa magnitud inalcanzable es la que observamos desde que Ricardo y Ramón se subieron al escenario acompañados por la banda que normalmente va con Ramón en sus directos, y que fueron el perfecto complemento de una noche brillante. Sin duda, uno de los mejores conciertos de los últimos tiempos de todos a los que hemos asistido mi chica indie y un servidor. Un concierto donde la música reinó y se convirtió en la auténtica protagonista. Una velada llena de verdad, porque esa palabra alcanzó sus máximas cuotas de luminosidad. Una evidencia de la que fuimos testigos cuando al poco de comenzar el concierto sonó esa pieza maestra que es «Era amor»: «Te encuentro en los arroyos/ que no existen,/ en la ausencia de ruido,/ en el baile de las hojas muertas». Letras en forma de poemas que nacen desde las entrañas de un Ricardo Lezón muy inspirado, y que encuentran su acomodo en una brillante partitura musical a cargo de Ramón Rodríguez, sobre todo, cuando la melodía se acelera poco a poco y alcanza unas cotas de brillantez mágicas; esas donde se mueven los duendes en nuestro interior. ¡Qué gran dúo, y qué músicos más compenetrados y cómplices de tonadas y notas para el recuerdo! ¡Qué gran disco es Nuevos tiempos, y qué bien lo plasmaron sobre el escenario el pasado jueves 23 de enero en la sala madrileña But bajo el patrocinio del Inverfest! Música de músicas para oyentes de oído fino y sensibilidad a prueba de bombas. 

Entre anécdotas muy bien contadas por Ramón, fuimos escuchando los temas de su nuevo disco, a los que acompañaron otros de su anterior trabajo como «Lluvia y truenos», «La carta», o «Por fin los ciervos». Un deleite a medio camino entre temas de cortos y más extensos en su ejecución, pero todos ellos de intensa partitura que nos dejaron un gran sabor de boca a lo largo de casi dos horas. En su tramo final, atacaron una versión de «Te Debo un baile» de Nueva Vulcano, en cuya presentación Ramón nos hizo reír a todos con una extraordinaria y larga exposición acerca de lo que significa el éxito en la música. Sin olvidarnos de la magnífica interpretación de «Asfalto» (libres los animales): «Deberías venir y agarrarme de la mano» que hizo Ricardo a solas con su guitarra —un tema que compuso en recuerdo a su padre y que puso los pelos de punta de los asistentes—. Tras los que sonaron «Caen los árboles», y «Lo bello y la bestia», ya con la banda al completo sobre el escenario, y tras un pequeño descanso, a modo de bis. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 14 de enero de 2025

JESÚS MARCHAMALO, DICKINSON Y LAS VIOLETAS (ILUSTRADO POR ANTONIO SANTOS): EL RÍO DE LA VIDA


 

La literatura, en ocasiones, se comporta como ese río de la vida que nos conduce a lo largo y ancho de experiencias y sensaciones que se escapan de nuestro control y nos relegan al mundo de lo inesperado, por incierto, indefinible o sublime, Y es ahí, donde las palabras se consuman en llamas que arden dentro de nuestro cuerpo; una iluminación del alma que se escapa por las rendijas de la memoria para no dejar huellas, pero sí la inefable aspiración de todo aquello que nos mueve y nos hace sentir únicos en nuestra soledad. Como única, una vez más, es la manera con la que el escritor y periodista, Jesús Marchamalo, afronta la vida de un ilustre autor universal, autora en este caso. Con un léxico rico en palabras cercanas a la época que describe: daguerrotipo, apaloman, perlé… nos va mostrando, cual adalid de la vida y sus vericuetos, el retrato de una solitaria y beatífica Emily Dickinson: sus lecturas secretas, su hojas y plantas, su visión de las constelaciones y estrellas… sin una brizna de desaliento. De esa intensidad nace una forma de narrar que ni apoya ni contradice a Luis Landero cuando especifica que: «Yo, desde luego, desconfío mucho del adjetivo y, a la vez, no puedo vivir sin él». De ahí, que no nos pueda extrañar esa simbiosis entre ambas acotaciones cuando nos habla de: «Un esplendor insospechado, un naranja dulzón, una letra atribulada, un indómito río o una calvinista pulcritud». 

Dickinson y las violetas es una nueva muestra de la perfección del estilo narrativo que atesora Marchamalo. En esta ocasión, nos abre la vida de Dickinson como los poemas que la poeta mandaba a sus amigos con flores disecadas o briznas de la hierba de su jardín. Un estilo que tras leer las primeras páginas que, de este nuevo librito, nos ofrece la editorial Nórdica Libros, me llevó a sentir la necesidad de conocer el resto de esta historia, quizá mil veces contada, pero no abordada desde el punto de vista de este maestro de la elipsis, el ritmo y la adjetivación más sorprendente. Una lectura tan corta como apasionante, y tan didáctica como poética de una vida llena de estrecheces materiales que, sin embargo, de la mano de Marchamalo desprende tanta luz como los poemas de su autora; una Dickinson única, santa, pulcra y… 

Tras las palabras de Jesús Marchamalo aparecen como ventanas abiertas las ilustraciones de Antonio Santos, impactantes imágenes de negro sobre blanco que nos anuncian, advierten o solo reflejan, esos espacios interiores y exteriores de una vida dedicada a la contemplación de la interioridad y su entorno. Imágenes que también nos hablan muy bien de una Emily Dickinson enigmática y entregada a su lucha contra las palabras y los adjetivos. Adjetivos que Marchamalo nos muestra con la perfección de un refinado estilista, y de los que, a veces, Landero recela. ¿Y las violetas?,;las violetas son las que transcurren depositadas sobre ese lecho que es el río de la vida. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 13 de enero de 2025

EVELYN WAUGH, DECADENCIA Y CAÍDA: EL ESPEJO DE LO INMORAL Y CÍNICO

 


Reinterpretar el mundo desde un punto de vista sagaz, a la vez que irónico, donde lo superficial es el fiel reflejo de lo más profundo parece una tarea fácil, aunque en verdad no lo sea. Esa distancia que los separa es la que emplea Evelyn Waugh como un espejo a la hora de reflejar lo inmoral y cínico de la sociedad inglesa de entreguerras. La pérdida de valores, la ausencia de dignidad, e incluso de verdaderos sentimientos, rodean y se regodean en los personajes con los que el escritor inglés retrata a la alta sociedad británica. Para ello, sitúa en el centro de la trama y, en el foco de todos los desatinos y desgracias, a su protagonista (Paul Pennyfeather). Un observador-diana que es el foco que nos va iluminando las satíricas, y a veces, irónicas situaciones que se nos van mostrando a lo largo de la novela, como si todo ese mundo que se retrata fuese víctima de un simpar desatino. Un desatino imposible de parar por lo perverso que llega a ser. Una forma de ser y estar en el mundo que, lejos de encontrarse lejana a la realidad actual que nos acecha y persigue, es un fiel reflejo del buenismo mal interpretado y el utilitarismo agnóstico que se precipita sobre la acción y el día a día de aquellos llamados a ser los garantes de unos principios que, sin embargo, nos pisotean sin un ápice de mala conciencia. ¡Ay de aquellos que te digan que te vienen a salvar!, porque serán ellos los que te utilicen para sus espurios fines. En este sentido, Decadencia y caída es el margen por donde la virtud resulta deshonrada sin que las consecuencias de dicho acto sean perseguidas o condenadas. Evelyn Waugh, en esta novela, se sitúa al otro lado de aquellos escritores de la denominada era del jazz que basaron sus argumentos en fiestas llena de alcohol y amores desenfrenados que acabaron precipitándose por el terraplén que supuso el Crack del 29. De esa auto-condena también beben los personajes de Waugh, aunque lo hacen a través de la ironía y la idiocia de sus planteamientos, y de sus vidas ancladas en un modo de entender el mundo en desuso. Esa crítica social, sin embargo, en el puño y letra de Waugh trata de combatir dicha falta de principios para poner en valor su punto de vista católico sobre pecados terrenales como: el matrimonio o la culpa; un pecado original que no parece existir en las desalmadas almas de sus personajes que van y vienen como marionetas que aparecen y desaparecen de escena sin el más mínimo de los remordimientos. Sin remordimiento no hay pecado parecen decirnos sus personajes, aunque Evelyn Waugh, desde la distancia que le proporciona su protagonista, parece insinuarnos que no es así. 

Además, existe en esta historia un poso de melancolía y pérdida que se refleja en Pennyfeather de una forma palmaria cada vez que baja un escalafón en el orden social hasta que consigue difuminarse en su propia esencia. Si bien es cierto que lo hace con una dignidad y una entereza digna de elogio (algo parecido a lo que le sucede a Stoner, el protagonista de la novela de John Williams), lo que supone un acercamiento a la idea de ciclo que rodea también a esta novela, pues sin duda, uno de sus aciertos reside en esa perversión literaria que supone regresar al escenario inicial del que parte su narración. Un detalle más cargado de ironía, sagacidad y distancia sobre todo aquello que rodea y se retrata en este espejo de lo inmoral y cínico que representa Decadencia y caída. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 16 de diciembre de 2024

ARDE BOGOTÁ EN EL WIZINK CENTER: VIRTUD Y CASTIGO



Carreteras secundarias que recorren espacios desérticos como animales sueltos por un desierto de plasma. Sonidos acelerados que las acompañan a un ritmo alto que funciona a modo de un rápido travelling en forma de película imaginada una y mil veces. Virtud y castigo en la concepción de una música y un grupo, Arde Bogotá, que representan como nadie lo que podríamos denominar el anti-rock nacional, pues ni su puesta en escena ni las vibraciones de sus canciones caminan por esa senda plagada de leyendas, éxitos, fracasos y golpes de efecto a lo largo de las últimas décadas en la música española (CASTIGO). Todo mejora cuando todo se pausa (como ocurrió en la segunda parte del concierto y, por tanto, VIRTUD), sería la otra versión más acertada de una banda que representa muy bien la efusividad de una botella de cava cuando se descorcha y, tras ese primer impulso mágico, sus burbujas yacen placenteras en una copa transparente y fría, aunque brillante. Esa sensación entre hielo y música, pasión y karaoke fue el sentimiento que se nos quedó tras un concierto preparado para confirmar que ahora mismo Arde Bogotá es la banda del momento (como en su día, por ejemplo, lo fueron Vetusta Morla, aunque a la banda de Cartagena todavía le queda un largo camino por recorrer para llegar a donde han conseguido arribar los de Tres Cantos). 

La mal llamada música indie española, a día de hoy, es tan distinta a la de hace no tanto tiempo que, incluso las bandas que nacen tras la cortina protectora de una multinacional de la música, lo hacen sin la pátina de la virtud que se les presupone. Y ahí viene su castigo, porque tras un prometedor primer disco, La noche, la banda de Cartagena ha seguido creando canciones que en nada se despegaban de ese trabajo inicial (aunque haya un punto de madurez palpable en Cowboys de la A3, su segundo cedé), lo que redunda en sus conciertos, pues en ocasiones parece que estemos escuchando la misma canción una y otra vez sin apenas matices que las diferencien. Lo que de alguna forma también le ocurrió a Viva Suecia con sus dos primeros discos, lo que, sin embargo, han sabido rectificar con mucho acierto a posteriori, tal y como pudimos ver y comprobar en su directo en este mismo recinto a principios de año, en el que nos demostraron una madurez como banda digna de elogio. Un reto al que sin duda Arde Bogotá tendrá que enfrentarse en su tercer larga duración y que, tras haber escuchado sus temas, «Torre Picasso» y «Flores de venganza», parece que con muy buen acierto van a rematar el camino de la excelencia. En este sentido, la región de Murcia está de enhorabuena, pues tras grupos como Los últimos bañistas, Second, Newman, o Alondra Bentley, la nueva camada de bandas como Noise Box, Viva Suecia o los propios Arde Bogotá, nos hablan de la buena salud de la que gozan en ese parte del territorio español.

 

Tras las canciones y letras de amor y derrota, espacios en blanco, palabras y diálogos inconclusos o enmudecidos, lució como nadie la escenografía elegida para el evento. Un escenario dividido en dos plantas y un sol naciente detrás, que se convertía en espejo o en la imagen de unas rosas blancas. Un escenario en cuya planta baja se erigía una gran pantalla tras el grupo de la que salían imágenes de sus vídeos y de un público entregado a la causa, lo que ayudaba de una forma muy potente a subir el entusiasmo de sus canciones al envolverlas de unas potentes imágenes. Imágenes esenciales en la sociedad en la que vivimos, pues de ellas se retroalimentarán nuestros recuerdos. Partes y conceptos de una puesta en escena que la engrandecieron con mucho acierto. Tras esa fuerza escénica la voz de Antonio García se resintió en varias fases del concierto, lo que sin duda es la muestra palpable de la larga gira que el grupo está llevando a cabo. A lo que cabría añadir una cierta falta de conexión con el público por mucho que diera saltos a lo largo del escenario, lo que, sin embargo, solventó por las diversas y sinceras muestra de agradecimiento que hizo tras alguna de las canciones —a pesar de que no se le entendiera muy bien en diversas fases de sus discursos—, lo que le sirvieron para fundirse con sus fans que, eso sí, disfrutaron a rabiar con el grupo a lo largo de las dos horas que duró el concierto. Un show que tuvo momentos memorables como, por ejemplo, cuando tocaron el tema «Exoplaneta» y el Wizink Center se llenó de múltiples carteles al inicio de la canción que, más adelante, se transformaron en móviles con la linterna encendida convirtiendo al recinto en un cielo iluminado por múltiples estrellas; o como cuando interpretaron «Virtud y castigo», que acabó con un prolongado oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, tras el cual retomaron de nuevo el tema. Momentos únicos y memorables para la multitud de seguidores que llenaron el Wizink y que acabaron con sus entradas en apenas quince minutos un año antes, tras su paso por La Riviera de Madrid, y que tuvieron relámpagos de esplendor cuando sonaron temas como «Salvación: «Tiene que haber una salida […] Tiene que haber una salida para tanto dolor», o «Los perros».

    

Arde Bogotá en el Wizink Center de Madrid: Virtud y castigo, como lema de una banda que, a buen seguro, nos hará disfrutar con sus nuevas canciones en un futuro no muy lejano.

 

Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 13 de diciembre de 2024

RIPLEY, DIRIGIDA POR STEVEN ZILLIAN: LA EVOCACIÓN Y SUS ECOS

 


Sigo inmerso en el inmenso universo en blanco y negro que nos propone Ripley. La culpa la tiene la mirada de Andrew Scott mientras da vida a Mr. Ripley. Una nueva reinterpretación del personaje creado por Patricia Highsmith que evoca el poder de la mirada sin más frontera que el de la búsqueda de una belleza singular y sin límites, tanto o más que la historia de este superviviente sin otro futuro que el de llegar al día siguiente. Ripley es una serie que destaca por la interpretación de Scott y, sobre todo, por la forma tan personal y distinta que tiene de mirar su director, Steven Zaillian, a la hora de contarnos el proceso mental de un estafador de poca monta al que de repente se le ofrece la oportunidad de subir en el escalafón social de una forma accidental. Zaillian se sirve de encuadres imposibles —oblicuos a veces—, zooms de objetos cotidianos inertes —como lo es la propia vida—, y la búsqueda de claroscuros para definir y acercarnos al ambiente, el entorno, y la personalidad de un Ripley atormentado y decidido a no dejarse atrapar. Este juego de gato atrapa ratón tiene mucho de suspense, pero también de sombras que se proyectan sobre la mente del espectador. Sombras oscuras que, si cabe, resaltan más en blanco y negro, pues son capaces por sí solas de mostrarnos una intriga entre electrizante y alternativa en cada uno de los escenarios donde se desarrolla la acción de esta serie distinta y única. Sombras que se proyectan y desplazan como lo hacen en los cuadros de Caravaggio por los que Ripley expresa suma predilección y que, a su vez, son un punto de inflexión en su carácter, por lo que le suponen de autorretratos de su propia existencia. Esa agobiante atmósfera, sin duda, se agranda por la forma en la que Zilliam tiene de aproximarnos el rostro de Ripley en unos primeros planos que le convierten en sospechoso nada más verlo, y donde su facción es la viva imagen de la mentira contenida. A medida que avanzan los capítulos de la serie el universo que se nos muestra es una especie de cárcel fílmica. Arrasadora a la vez que insultantemente bella. Punzante y esquiva al mismo tiempo, en la que el blanco y negro con la que está filmada deviene en una expresión de libertad narrativa y fílmica por lo que ambas cualidades tienen de poderosas y líricas. Pocas veces se han filmado la muerte y su construcción desde un punto de vista tan artístico como estético. ¿Y el tiempo y su evocación? Ambos están amparados por los matices en los que se sostienen la mirada de un director dispuesto a crear evocación desde su propio exilio cinematográfico. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 10 de diciembre de 2024

MIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2024

1.- GRAHAM SWIFT, EL DOMINGO DE LAS MADRES: ¿QUÉ ES ENTONCES CONTAR LA VERDAD?


¿Hay algo más difícil que detener el tiempo? No el que transcurre tras cada movimiento de las manecillas de un reloj, sino aquel que, en nuestra mente, deja a nuestros pensamientos fuera de este mundo, por su carácter envolvente e hipnótico. Esa sensación es con la que Graham Swift consigue atrapar a sus lectores en esta novela-tiempo que es El Domingo de las Madres. Una historia de historias por la capacidad de envolver en una única narración dos vidas: la realmente vivida y aquella que se quedó parada en un domingo soleado del mes de marzo de 1924. Sin embargo, esa nueva vida en algún momento de nuestra existencia echa de menos a la que no fue, lo que conlleva la necesidad de volver atrás. A través de los recuerdos. Y mediante el juego azaroso de intentar atrapar el tiempo. Aquel que un día lo dejó todo en un estado indeterminado, inconcluso, fugaz, como el deseo que explota sin otra medida que la pasión, y una imperiosa atracción hacia la verdad. Aquella que nunca fue real, y que sólo podemos inventar, fabular, ficcionar…, o simular que la cogemos durante un instante entre nuestras manos: «¿Qué era exactamente, entonces, lo de contar la verdad? ¡Los lectores quieren siempre que hasta la explicación se explique! Y cualquier escritor que se precie los engatusará, los azuzará, se los llevará al huerto. ¿No era lo bastante obvio? Se trataba de ser fiel a la materia de la vida, se trataba de intentar capturar, aunque jamás se logre, la percepción misma de estar vivo.» 

2.- SAM SHEPARD, ESPÍA DE LA PRIMERA PERSONA: EL DESDOBLAMIENTO DEL FIN DEL MUNDO


Todo gira a su alrededor, pero él, sólo observa. Observa y espía… espía el fin del mundo. Sumido en esta metáfora que abraza con fuerza el final de la vida, Sam Shepard explora el final de la suya. «No acostumbro a ser una persona suspicaz. No voy por ahí volviendo la cabeza por si acaso. Pero tengo la sensación —no puedo evitarlo— de que alguien me observa. Alguien quiere saber algo. Alguien quiere saber algo sobre mí que ni siquiera yo mismo sé». Ese desdoblamiento en dos de la misma persona que representa el antes y el después, el pasado y el presente, la vida y la muerte, es al que el gran dramaturgo y escritor norteamericano se emplea, poco antes de morir, para dejarnos este testamento vital y literario que se apoya en la sensación de extrañeza que se apodera de uno cuando lo que cree haber observado hace un momento ha desaparecido y la vida deja de ser lo que fue para convertirse en un espectro que nos engaña. Esa transmutación, si se quiere fantasmal, es el aura que transita por las páginas de Espía de la primera persona, una singular y lírica búsqueda de ese otro que es uno mismo. Una búsqueda que es el reflejo del antes y el ahora y la perplejidad de un presente al que asistimos alejándonos de él relacionándolo en tercera persona, como si de esa forma nos distanciásemos del dolor y el miedo. Una huida fallida, sin duda, porque el otro es el extraño que observamos y espiamos desde el fin del mundo, igual que lo haríamos con la perplejidad que nos abruma y consume a cada instante en el que intentamos atrapar el tiempo sin conseguirlo. Esa perplejidad es la emplea Shepard en este recorrido de recuerdos y sensaciones para mostrarnos con entereza el universo que le acoge, y en el que se dan cita, imágenes que evocan el desierto, a los inmigrantes de la población donde vive o a las serpientes de cascabel. Flashes que reproducen la soledad y el peligro ante la muerte. La misma que visita a la historia de Jay y Aubra que se prolonga a lo largo del libro. Un desdoble más del espíritu y los recuerdos de Shepard en su último periplo.
 

3.- STEFAN ZWEIG, EL MUNDO DE AYER: EL MALTRECHO ANHELO DE LA UNIÓN ESPRITUAL DE EUROPA


«Acojamos el tiempo tal como él nos quiere». Esta frase de la obra Cimbelimo de Shakespeare abre estas memorias de un europeo, que el escritor austríaco Stefan Zweig tituló como El mundo de ayer. Esta frase, en sí misma, tiene la peculiaridad de ser como una doble página de una misma idea. Por un lado, porque nos traslada al pasado y nos invita a recuperar aquello que nos aconteció, y por otro, porque manifiesta un deseo: convertirnos en una materia porosa del tiempo que nos ha tocado vivir como si fuésemos una parte de un falso presente, ya que el tiempo pasado lo es. Además, también podríamos darle al menos un tercer significado: el del viaje como trayecto vital que nos dispone a tener que elegir entre varios itinerarios. En este sentido, Zweig opta por el más complejo: «Desde mi primera pieza, Tersites, nunca me había dejado de preocupar el problema de la superioridad anímica del vencido […] tratando de ayudar a los demás me ayudé a mí mismo». Esa ONU ambulante en la que Stefan Zweig convirtió a su vida le llevó a conocer, primero Europa y, más tarde, parte del resto del mundo. Ahí, en ese deambular, donde no eran necesarios ni los pasaportes ni las fronteras, inició un largo trayecto que le trasladó desde la sociedad tranquila de la Viena que le vio nacer al caos que se implantó en toda Europa y el mundo con las dos Guerras Mundiales. Antes de que todo eso llegara, el escritor austríaco nos muestra una sociedad en la que su vida está impregnada de arte, y de la especial sensibilidad que sus conciudadanos muestran hacia la cultura. Un modo de estar en la vida con un único afán: el de ser los mejores. Esa explosión cultural en la que se desarrolla la primera parte de su vida le lleva a aborrecer el gimnasio —nombre con el que se conocía la escuela o el instituto—, y le lleva a lanzarse a esa otra vida que existe fuera de él, junto a sus compañeros. De ahí nacerán su interés por la música y la poesía, que desembocará en la publicación de sus primeros poemas. Unos versos nacidos de su pasión por el lenguaje y alejados de la experiencia. En este sentido, es llamativo el apartado que reserva a la iniciación sexual de su generación, encorsetada por la forma pacata y distante de llevarla a cabo, ya que se circunscribía a los gestos, las miradas, o las visitas a las casas de citas para burgueses. Sin embargo, lo más importante de este despertar a la vida lo constituye su acceso a la universidad, y el hecho de que tras publicar sus primeros poemas conoce a Theodor Herlz, el redactor del folletín Neue Freie Press, al que presenta un pequeño trabajo poético que le publicará; una noticia que le llevará a ganarse el respeto de su familia y a trasladarse seis meses a Berlín donde continuará con sus estudios universitarios. Es estancia en la capital alemana, por primera vez en su vida, le permitirá abrirse a la vida con total libertad. Este hecho, sin duda, marcará su ritmo vital para siempre, porque más adelante le abrirá las puertas de muchas ciudades europeas (Zurich, París, Londres, Roma, Ostende, Munich…) y, sobre todo, a entrar en contacto con grandes personalidades culturales de su tiempo: Rudolph Steiner, Rainer Maria Rilke, Rodin, Yeats, Walter Rathenau, Romain Rolland, Maxim Gorki, etc. Por ejemplo, su encuentro con el poeta Emile Verhaeren, del que dirá que: «en aquellas tres horas llegué a querer a la persona tanto como la he querido después toda mi vida», le influirá de tal modo que cambiará el inicio que tenía proyectado acerca de su obra literaria, dado que, tras conocerle, decidió dedicar sus próximos dos años a traducir la obra completa de éste. Un trasunto que marcó de una forma definitiva su posicionamiento creativo, y también le llevó a reforzar su afición por el coleccionismo que, al principio fue acumulando en una casa de las afueras de Viena. Allí depositó, por ejemplo, el dibujo Rey Juan de William Blake adquirido en el Museo Británico de Londres gracias a su amigo Archibald G. B. Russell (un dibujo que desde entonces le acompañará ya casi toda su vida). O también uno de los poemas más bellos de Goethe, así como autógrafos de poetas, actores y cantantes; manuscritos originales (una página de una galerada de Balzac), o los borradores de poesía o composiciones musicales. 

4.- TRUMAN CAPOTE, PLEGARIAS ATENDIDAS: EL ÚLTIMO CANTO DEL CISNE


Se suele decir que la realidad supera a la ficción cuando nos acercamos, o nos acercan, hechos que consideramos como insólitos o no creíbles por el poder que tienen de superar con creces todas las situaciones posibles que hemos sido capaz de imaginar a lo largo de nuestra vida. Truman Capote lo sabía mejor que nadie y, quizá por eso noveló las vidas ajenas, para darles una forma más digna y literaria a la realidad que vivían. Un privilegio de vida acomodada y alcahueta —en el caso de Plegarias atendidas— que su novela de no ficción A sangre fría le proporcionó. Esa subida a los altares que tanto pretendió desde su malograda infancia tuvo en esta incompleta Plegarias atendidas el último canto del cisne que él deseaba comparar con En busca del tiempo perdido de Marcel Proust; una obra que debía ser total y un ajuste con la vida que, en un principio nunca tuvo, y más tarde malogró al no ser capaz de controlar su ego y sus excesos con el alcohol. Uno, por su capacidad de no conocer límites a la hora de destruir las vidas ajenas que él pretendía inmortalizar bajo su pluma; y otro, por la desmesura que lo hizo cuando intentó asomarse al abismo de la autodestrucción. En este sentido, Plegarias atendidas —compuesta por tres relatos: Monstruos vírgenes, Kate McCloud y La Côte Basque— es la constatación de su ilimitada fortaleza cuando su mundo gira entorno a la perversión, y donde su recreación se mueve alrededor de la literatura y el arte de la seducción, basados ambos en la provocación como materia prima. Capote parece decirnos que si no hay límites no hay pecado, o posibilidad de sentirse herido si eres el foco de su lujuria literaria, pues él, como buen falso e icónico dios, te salvará del anonimato que por mucho dinero que tengas rodea a tu vida. Esta crónica de crónicas tiene una última redención en el uso de la palabra. Magistral, por otra parte, cuando el genio del escritor norteamericano se muestra indolente con todos y consigo mismo. Esa ansia irrefrenable de querer morir matando es una muestra más de su mordacidad y de la constatación de que para él la literatura y su esencia están por encima de cualquier otra consideración, porque en esta recopilación de relatos asistimos sin remordimiento alguno al retrato espeluznante de unas vidas que el gran estilo de Capote, a la hora de narrar historias, se muestran como un narcótico que te posibilita disfrutar de aquello que estás leyendo sin apenas ser consciente de su infinita crueldad. Irónico, a la vez que soez. Observador e hipnotizador en sus diálogos y en las caricaturescas caracterizaciones de sus personajes, Capote vuelca sobre su escritura la maestría del fabulador que interpreta y reinterpreta la realidad, y lo hace en un viaje que va desde el sur de los EE.UU a Nueva York. Del anonimato al estrellato. De la inocencia perdida al flirteo consciente de su fin. De la finalidad material de sus propuestas a la ambición literaria que conllevan cada una de ellas. Ese mundo interior, convulso por apasionado, y aterrador por destructivo, es el que sigue las líneas generales de las narraciones presentes en Plegarias atendidas, un romance á clef en el que el verdadero y genuino personaje de todas es el propio escritor tras la careta de su protagonista P.B. Jones. 

5.- MARGUERITE DURAS, EL AMANTE DE LA CHINA DEL NORTE: LA POLIFONÍA DE LOS ECOS DEL AMOR A TRAVÉS DE LOS RECUERDOS


La vida va y viene, y en ese tobogán de idas y venidas, días y estaciones, el tiempo nos trae otras vidas, otros recuerdos que estaban dentro de nosotros para llegado el momento reclamar su protagonismo. Algo así le ocurrió a Marguerite Duras cuando se enteró de la muerte del protagonista chino de esta novela en el año 1990. De ese amor fragmentado en recuerdos nace esta historia ya narrada en su anterior novela El amante. Una historia que, al contrario que la antedicha, profundiza más en la historia familiar de la autora compuesta por la madre, su hermano mayor, Paulo su hermano pequeño y Thanh, el joven camboyano que adoptó su madre y a quien la escritora dedica la novela. Con un lenguaje entrecortado, fílmico por la brevedad de las frases y la estructura de los párrafos, Duras nos va narrando los momentos y las escenas que vivió en Indochina cuando apenas tenía 15 años. Ese tul del tiempo que lo entrevera todo y no nos deja adivinar con nitidez nuestro pasado es el que la autora aparta para afrontar cara a cara su pasado y ese primer amor del que nunca se recuperó. Quizá no hay nada más perverso que ser víctima de ese primer amor que te marca durante toda la vida si sólo se alimenta de los recuerdos. Pero, en este caso, la icónica Duras juega con él y los destellos que logra captar a través del tiempo y los ecos que éste produce son únicos y magistrales, porque esta reescritura de una misma historia es un texto perfecto y sublime en cuanto a los ecos del pasado que se hacen presentes y su poder de repetición. Pocos autores como Marguerite Duras han logrado dar a la repetición la categoría de esencia. Esencia domesticada por su forma de narrar y dejar en el aire una idea, un espacio o un sentimiento. Una indeterminación de la vida que nos recuerda a cada instante su fragilidad. 

El amante de la China del Norte nos sumerge en el mundo de los deseos y los miedos que éstos conllevan cuando se trata de romper barreras temporales y costumbres ancestrales que, sin embargo, serán la razón del fracaso de una relación condenada a morir desde un principio. De ese tormento surge y se afianza la relación entre la niña de quince años y el chino de veintisiete. De su apasionado encuentro nace una oda a ese fanatismo de los sentidos que conocemos como amor. Amor pleno de pasión y llanto, cercanía y distancia, rito y trasgresión.

6.- DELPHINE DE VIGAN, NADA SE OPONE A LA NOCHE: LA MIRADA HACIA LA VERDAD Y SUS MÚLTIPLES VERSIONES


Nada se opone a la noche
 es una novela-búsqueda. De los otros, pero también de uno mismo a través de los otros, y de nuestras propias experiencias. Esa mirada ambivalente es la que se refleja en cada página de esta novela arriesgada por la temática que trata y profundamente conmovedora por el modo en el que lo hace. El estilo directo en forma de diario de investigación en el que se agolpan los recuerdos, los sentimientos encontrados, y las verdades que permanecían ocultas, hacen de este relato familiar un todo trasgresor de las buenas costumbres o comportamientos sociales, para acercarse al horror de la barbarie que todos tenemos en nuestra cara oculta, aquella que no dejamos ver salvo cuando perdemos la consciencia de la realidad. Esa ambivalencia entre el exterior y el interior es la que le posibilita a Delphine de Vigan escribir un fresco al natural de toda una familia, y lo que es sin duda más importante, de toda una época en la que asistimos atónitos muchas veces a los modos y costumbres que nos parecen testigos de un pasado muy lejano y, sin embargo, no lo son. Su valentía a la hora de ofrecernos esta desgarradora crónica de la vida de su familia posee el don de la multiplicidad, por ser ese el elemento en el que la escritora basa su relato que, en el plano formal, está escrito con brillantez por el reflejo de verdad que desprende, y articulado a través de párrafos cortos o largos que la permiten dibujar múltiples matices de cada uno de sus familiares en un mismo capítulo, y al lector, tener una visión más amplia de lo narrado. 

7.- PAUL AUSTER, BAUMGARTNER: LA SOLEDAD DEL TIEMPO


El tiempo, en ocasiones, se convierte en una balsa sobre la que flotar a través de los recuerdos. El pasado visto de esta forma es un remansiño de paz que busca lo que otrora nos hizo felices y, por ello, regresamos a él en busca de aquellos acontecimientos en principio triviales y que sin embargo reposan en nuestra memoria de una forma indeleble. Y si lo hacemos es para alzarlos a la categoría de mitos. Mitos de una vida trazada con mano temblorosa, lo que no impide que los veamos con firmeza o los hayamos experimentado con la fuerza más poderosa del mundo. En este sentido, la literatura es una buena forma de trabajar el tiempo. La soledad del tiempo podríamos decir si nos acercamos a la última novela que Paul Auster publicó antes de morir. Esta elegía sobre Anna, la esposa fallecida del protagonista, le sirve al autor para desdoblarse en dos: lo que fue y lo que ha sido. De ahí, que Paul Auster sea Baumgartner, y Baumgartner Paul Auster, en una sucesión ilimitada de giros, experiencias y vicisitudes cotidianas que de una u otra forma siempre nos llevan hasta el azar o, mejor dicho, a la importancia del azar en nuestras vidas, y más, en la biografía literaria del escritor norteamericano como nos demuestra al inicio y al final de esta novela. Un contrapunto de la sociedad actual en la que muchos se creen inmortales cuando, sin ser conscientes de ello, una ligera brisa puede acabar con sus vidas y borrar de su espíritu la voluntad del junco de volver siempre al lugar y forma iniciales. Nuestra capacidad, por tanto, de volver a ser aquello que fuimos nos es extirpada desde el instante que nacemos, salvo claro está, que volvamos a hacerlo a través de los recuerdos. Auster, en esta ocasión, lo intenta mediante los textos intercalados de la mujer de su protagonista, Anna, lo que le sirve al autor para hablar de sí mismo a través del otro. Un estilo indirecto con el que quiere marcar una distancia entre el pasado y el presente. Un presente, sin embargo, impregnado del pasado. Ese mirar atrás y el regreso a su juventud y, la intrínseca necesidad de recuperar la felicidad que un día se tuvo, nos hablan de un final, un final tranquilo que convierte a esta novela en un largo epitafio literario que lucha contra la soledad del tiempo. Una actitud de estar en la vida que Sam Shepard expresa de una forma brillante en la que también fue su última novela, Espía de la primera persona: «Hay momentos en que no puedo evitar pensar en el pasado. Sé que es en el presente donde hay que estar. Siempre ha sido el sitio en el que estar. Sé que gente muy sabia me ha recomendado permanecer en el presente el mayor tiempo posible, pero a veces el pasado se presenta sin previo aviso. El pasado no aparece por completo. Siempre reaparece por partes.» Y, Baumgartner, es el despiece de una vida por partes. 

8.- AGOTA KRISTOF, LA ANALFABETA: LAS FRONTERAS Y SUS ESPACIOS CREATIVOS


Atravesar fronteras y espacios. Fronteras de lenguas y esperanza. Del recuerdo de los tuyos que dejaste atrás. Espacios de costumbres y vida. De objetos y lecturas. De libros que no volverás a tocar, y de poemas que nunca más leerás. Apátrida de vicios y virtudes. Rehén del olvido. En esa angosta tierra de nadie Agota Kristof da testimonio de lo vivido y sufrido desde su infancia en Hungría a su vida final en Suiza. Analfabeta de la lengua nueva. Muda de la que conoce y ama. Y, detrás, o en lo alto de una mesa o una estantería, los diccionarios. Herramientas que son como un láudano que todo lo cura. El dolor y el desasosiego. La mirada perdida y el silencio, sobre todo, el silencio. En el relato autobiográfico, La analfabetaAgota Kristof ejerce de exploradora. Se trata de una exploradora muy especial que parte de la necesidad y la sencillez para embarcarse en esa gran tarea que es explorar las fronteras y sus espacios creativos. Espacios repetitivos, anónimos, tenaces por lo que tienen de búsqueda. De sí misma y de los otros. De esos espacios físicos que dividen los países, y lingüísticos que incrementan la soledad y el sentimiento de éxodo. La analfabeta es un viaje a la infancia y sus recuerdos. A la sencillez, arrebatada por la imposición de una realidad suicida. Al sentimiento de vacío que produce no pertenecer a ninguna parte. Apátrida más allá de la banderas y las fronteras. A ese terreno movedizo Agota le imprime su fuerza y su carácter. Una determinación que primero la llevará a aprender a hablar una nueva lengua, aunque no sepa cómo se escriben sus palabras. Las palabras llegarán después, con los diccionarios. Y más tarde las lecturas, y con ellas, la visualización de ese rayo de esperanza que es la escritura. En un momento dado de este relato, su protagonista nos dice que primero es leer: «Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que cae en mis manos, bajos los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa /Tengo cuatro años»; y luego escribir: «Las ganas de escribir vendrán más tarde, cuando el hilo de plata de la infancia se haya quebrado, cuando vengan los días malos y lleguen los años de los que diré: “No me gustan”». Años más tarde, y de ese modo, llegará a traspasar la frontera de la lengua francesa del país en el que reside, o lo que ella llama desierto. Desierto social, cultural… 

9.- VICENTE VALERO, EL TIEMPO DE LOS LIRIOS: LA IMPORTANCIA DE LA CONTEMPLACIÓN Y EL SILENCIO


El tiempo de los lirios
 representa la importancia del viaje como instrumento esencial que nos sirve de descubrimiento, asombro y divulgador de cultura. Elementos que obviamos en nuestro día a día, y que siempre se encuentran a nuestro lado, pues sólo hace falta pararse a mirar aquello que nos rodea para encontrar algo que nadie antes ha visto y, como si fuésemos unos plateros, sacarle el brillo que merece para, porque como dijo Cézanne: «Ver es pensar». A través de este compendio de sabiduría Valero nos abre la puerta y la mirada hacia esa búsqueda de la belleza que es única, por ser la expresión de lo que el ser humano es capaz de alcanzar cuando se propone conquistar las metas más altas en cuanto a su percepción estética, mística o existencial. Hay algo mágico, por inusual, en las jornadas de este viaje, porque nada más comenzar a leer sus páginas somos conscientes que estamos ante una flor en primavera: hermosa, esbelta y llena de luz. Una flor que se abre con la luz que nos invita a sumergimos en un mundo, el espiritual, que no para en su ambición de indagar por las entrañas del alma de los personajes a los que se acerca, pero tampoco en lo que respecta a su mirada hacia la naturaleza, porque el paisaje se nos presenta como un corolario infinito que abarca la totalidad del cuadro que se nos muestra. Lienzo que maneja los tiempos del viajero y, de aquello que observa y ve, de una forma pulcra, casi monástica, como son sus acotaciones culinarias o sus referencias a las vías por donde se desplaza para visitar localidades, iglesias o museos locales a los que nadie va salvo aquel que conoce los tesoros que guardan y exhiben. Luz, una vez más, sobra la oscuridad que nos gobierna y padecemos. Una nueva Edad Media, en este caso tiranizada por la tecnología, que cada vez más nos aleja de lo que somos: personas. Almas que, en cualquier caso, necesitan de la importancia de contemplación y el silencio. 

10.- HILARIO J. RODRÍGUEZ, EL AÑO PASADO EN MARIENBAD: RETOS CONTRA EL ABISMO QUE REPRESENTA EL PASO DEL TIEMPO


El poder de la evocación es infinito, tanto o más que la percepción del tiempo. Quizá porque la evocación es una forma de reivindicar el tiempo. El tiempo absoluto, por lo que ésta tiene de dinamizadora del pasado, el presente y el futuro. La evocación es un eco que repercute en nuestra memoria para ofrecernos la posibilidad de volver a ser o hacer lo que una vez fuimos o hicimos. Entonces, ¿qué es pasado, presente o futuro cuando todo se congela en el instante en el que lo hemos vivido? Incapaces de detener el tiempo jugamos a recordarlo, experimentarlo o imaginarlo. La literatura, o sobre todo el cine, es el perfecto simulador que congela las manecillas del reloj, inmiscuyéndonos en una ficción paralela a la realidad, lo que la convierte en una fuerza tan poderosa como el tiempo. Sin embargo, por mucho que nos engañemos esta artimaña no deja de ser un truco de magia. Falso, claro, porque detener una imagen no significa detener el tiempo, sino transportarlo a lo que fue y ya no es, o quizá hasta lo que algún día soñaremos. En este sentido, Hilario J. Rodríguez cuando nos acerca a la película de Alain Resnais y Alain Robbe-GrilletEl año pasado de Marienbad, ejerce de mago (sin trampa ni cartón) capaz de parar el tiempo para, de ese modo, hacerse dueño del pasado, el presente y el futuro a través de los recuerdos y las palabras (no cabe mayor oxímoron que el subtítulo de la contraportada: Recuerdos del futuro). Esa imagen fija que nos va proporcionando Hilario capítulo a capítulo nos muestra la importancia de lo dicho y experimentado, para a partir de ahí crear un texto nuevo y una nueva película donde el tiempo ya es otro, porque se trata de un espacio en el que, mediante la invocación de otros, de sus películas y sus novelas, nos lleva hasta la evocación de una singular forma de hacer arte (por original y distinta) mediante los ecos que representan cada una de las palabras que conforman este ensayo. Un análisis magníficamente documentado de lo que puede representar para algunas personas una película que, como toda obra maestra, transita más allá de los límites cinematográficos para adentrarse en el subconsciente colectivo de una generación de cineastas, críticos y espectadores. 

Ángel Silvelo Gabriel.